sábado, 23 de enero de 2010

Arguedas en España: Crónica de un viaje de la nostalgia1
De Amor y fuego, Lima 1995.
Rodrigo Montoya


Esta crónica se publicó en Amor y fuego. José María Arguedas 25 años después, DESCO, CEPES, SUR, Lima, 1995, editado por Maruja Martínez y Nelson Manrique.


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Se leen los textos de literatura, de modo general, por placer, para ver qué bien escribe un escritor, pero la literatura producida por Arguedas es —al mismo tiempo— una reflexión profunda sobre los problemas del Perú. La lectura únicamente literaria de sus textos se queda corta. Quien tenga algún interés por entender este segmentado y fragmentado país, tendrá en la obra de Arguedas un conjunto de textos de primera importancia.

Cuando se aproxima el dos de diciembre de cada año —aniversario de su muerte— viene a la memoria la imagen siempre desgarrada de Arguedas y cada quien recuerda los textos —que son muchos a lo largo de sus obras y de sus confesiones— en los que él habla de su sufrimiento, de su pena, de su desarraigo. Me gustaría señalarles que esta idea del Arguedas sufriente es sólo una cara de la luna, y que hay otro Arguedas: vital, muy rico, muy alegre, que también está presente a lo largo de sus textos y en muchas de sus propias confesiones que, sin embargo —por razones que habría que analizar— no quedan en la memoria con la misma intensidad.

Esta imagen poderosa, buena y positiva de un hombre vital, se esconde debajo de la otra. Mucho de sufrimiento hay en el Perú y, sin duda, estamos más propensos a lo que es el sentimiento de dolor, y tenemos más resistencias a lo que es la vitalidad y el entusiasmo. Arguedas era una persona capaz de reír a boca llena, de inundar con su risa una sala entera. Era un hombre que cantaba, que recitaba y que bailaba. Fue en uno de sus momentos de más honda depresión en que decidió pegarse el tiro con el que se mató.

Cierro esta introducción reiterando que al lado de este hombre que se desgarra, sufre y cuenta su sufrimiento, está también el otro que canta, que está feliz con el Perú, el hombre que se siente un zorro feliz de arriba y de abajo, al mismo tiempo, porque conoce una lengua y la otra, y puede disfrutar de un mundo y del otro.

La relación de la literatura con la antropología en la obra de Arguedas es muy estrecha, amorosa. Perderíamos el tiempo separando en su obra la antropología de la literatura. Lo perderíamos más aún si tratáramos de señalar cuál es la más importante. Lo central es tener una aproximación global. La lectura de la obra de Arguedas por parte de un estudiante de Letras hoy día debe ser una lectura lenta, tranquila, que empiece por cualquier parte y que vaya avanzando paso a paso hasta cubrirla plenamente.

Arguedas no es un autor para leerlo y disfrutarlo una tarde, es un autor para leerlo y sentirlo todo el tiempo. Arguedas, Vallejo y Mariátegui son, en mi opinión, tres hombres que marcan el país, que lo fundan, que colocan las primeras piedras de algo llamable identidad peruana o sentimiento de pertenencia al Perú.

El escritor está, como en el caso de Mariátegui, todo el tiempo, para cuidar la frase, para tratar de decir bien lo que quiere decir, y para encontrar con tranquilidad, con soltura, el buen manejo del idioma, la frase feliz, la frase musical.

La obra antropológica está hecha por un escritor y por eso las fronteras entre la literatura y la antropología —en el caso preciso de Arguedas— no son nítidas. Puede serlo con toda claridad si uno compara a dos personas diferentes: un escritor, de un lado, y un antropólogo, de otro. Pero cuando una persona es un escritor y un antropólogo, al mismo tiempo, no puede dejar de ser antropólogo cuando escribe literatura y no puede dejar de ser literato cuando hace antropología. Toda separación en este aspecto no tendría sentido. Sí la tendría por razones pedagógicas, para tratar de entender mejor un aspecto. Pero en la vida el antropólogo y el escritor fueron uno solo. Me gustaría desarrollar esta idea hablando de una contribución decisiva de Arguedas con la antropología.

En el vigésimo aniversario de su muerte presenté un libro con la contribución de diversos autores, casi todos profesores de la Universidad de San Marcos2. En el libro aparece un artículo mío que por primera vez trata de la contribución antropológica de Arguedas. Los remito a ese texto para que ustedes puedan tener un acercamiento a la cuestión de la obra antropológicas.

Un libro mayor fue su tesis de doctorado en San Marcos, Las comunidades de España y del Perú (Lima, UNMSM, 1968), fue fruto de un trabajo de campo que Arguedas hizo en 1958 en una zona de Castilla León, en España. Aquel libro y ese viaje son doblemente originales. Primero porque se trata del primer viaje de alguien del nuevo mundo que va a la «madre patria» con las preguntas muy sencillas de investigación para tratar de averiguar cuáles de las raíces que son parte de la cultura andina en el Perú de hoy día vienen de España. En otras palabras: ¿Qué queda de los españoles en el Perú? Han pasado los siglos, ha quedado la lengua, pero la cultura cambia todos los días y habría que ver qué queda de esa cultura en nuestro tiempo.

Él tuvo la claridad y la convicción seguras de pedir una beca, de negociarla en condiciones muy difíciles, de lograrla e irse a Castilla León, porque de todas maneras fueron los castellanos los primeros grandes responsables de la conquista de América. Descubrió unos libros de Joaquín Costa, un notable abogado español del siglo XIX, que hablaba de las comunidades campesinas, del derecho agrario, de la tierra y del ganado. Prendado de ellos, decidió irse a la zona donde éste había trabajado y gracias al ojo antropológico maduro que ya tenía le resultó muy sencillo servirse de la estadística y la etnografía que este abogado brillante había logrado en el siglo XIX para tratar de entender, en 1958, lo que era la zona de Bermillo y Sayago.

Como antropólogo sanmarquino, como alumno de Arguedas, yo tenía una especie de deuda pendiente: seguir las huellas de Arguedas en España, mirar la zona donde él anduvo, leer la bibliografía de España y del Perú sobre esa zona, hablar con la gente española y ver qué recuerdos quedan de él allí. En noviembre de 1993 hice un viaje junto con Jesús Contreras y Joan Bestard —antropólogos catalanes, amigos y colegas— de la Univertitat de Barcelona. Podría llamársele un viaje de la nostalgia. Por la importancia que Arguedas tiene en el Perú y por la importancia que este libro tiene para España, era útil que alguien fuera a mirar con ojos comparativos, en otro tiempo, lo que Arguedas había visto treinta años atrás.

Han pasado por Bermillo y por Sayago otras personas igualmente interesadas por Arguedas y por el Perú. Menciono a Alejandro Ortiz Rescaniere, discípulo y amigo de Arguedas desde su infancia, a Carmen María Pinilla y a Laura Elías. Supongo que otras personas han pasado antes y pasarán después, del mismo modo que muchos otros hemos pasado también por Córdova y Montilla en otro viaje de nostalgia, por nuestro Garcilaso Inca de la Vega.

Me gustaría contarles brevemente de mi visita a Castilla. Arguedas ha sido el primer latinoamericano que fue a España con una libreta de campo y que trató de buscar raíces de lo andino en ese país. En 1958, en España, no existía aún la carrera de Antropología. Recuerden que España vivía bajo la dictadura franquista, era un país exportador de pobres y de inteligencias. Después de la guerra civil española, después de la derrota de la República, miles de personas salieron. Llegaron también al Nuevo Mundo, sobre todo a Buenos Aires y a México. No había lugar, en ese tiempo, para una disciplina que se ocupa de los otros, de las creencias de la gente. Un sistema policializado, de extrema seguridad, no permitía que disciplinas como la sociología o la antropología tuvieran alguna presencia. De manera que para los españoles de hoy día Arguedas es una especie de sorpresa que el nuevo mundo tiene para ellos. Nosotros le devolvimos un antropólogo que hizo un estudio importante que aún hoy en día los antropólogos y las antropólogas empiezan a leer con mucha atención. Estuvo en el olvido mucho tiempo porque la memoria es frágil, hay que mimarla y alimentarla. En uno de los últimos congresos de Antropología en el Estado Español ha habido una presencia de Arguedas con la presentación de la segunda edición del libro Las Comunidades de España y del Perú3.

El escritor llegó a Bermillo de Sayago, una zona de Castilla León. Lo primero que sintió fue un terrible frío. Arguedas llegó allí cuando estaba acabando el otoño y ya empezaba el invierno. Terminó el trabajo de campo cuando, «gracias a Dios», «felizmente», había pasado el invierno. Lo primero que el escritor vio fue el paisaje y lo que más le llamó la atención, además del frío, fue el encanto de los árboles.

Había en Bermillo, el pueblo donde más tiempo estuvo, un árbol que se llamaba «el negrillo». En su tesis de doctorado en Antropología, Arguedas habla de «el negrillo» que tenía la particularidad de ser encantador. Todos los niños estaban obligados a subir a ese árbol para probar que eran valientes. Era una especie de rito de pasaje. El que no hubiera trepado por dentro del árbol, el que no hubiera subido a él, el que no hubiera ido con sus amigos y sus amiguitas por dentro del árbol era poco menos que alguien sin valor, alguien que no merecía ser apreciado. Arguedas había disfrutado viendo a los niños que se regocijaban entrando a ese árbol. Que el árbol tuviera ya un enorme hueco revela su fragilidad. Cuando yo fui a Bermillo, «el negrillo» ya no estaba. No sé si los vientos del progreso lo derribaron o si, herido de muerte, se cayó solo.

Sí está la higuera que conmovió a Arguedas. Me atrevo a decir que Arguedas lloró al verla. Difícilmente podría haberlo confesado en una tesis de doctorado. Pero Arguedas era capaz de echarse a llorar por esa y muchas razones. Esta higuera brota de la pared de piedra del templo romano de Bermillo, una iglesia del siglo XI. De una pared brota, como por encanto, una higuera. Crece con la lluvia, florece en primavera, da frutos en verano, se pela por el frío en otoño y se ennegrece en invierno. Parece que se muriera. Arguedas pensó que esa pobre higuera estaba ya muerta y podía no florecer después. Los niños de Bermillo le dijeron «no se preocupe, señor, esta higuera volverá a florecer de todas maneras». La higuera está allí todavía, treinta años después. Dicen que es un milagro del cielo. Lo más prudente es suponer que es un milagro de la lluvia.

El escritor, conmovido por los dos árboles, quedó impresionado por el frío. No lo dice Arguedas, pero es como si lo dijera: El sol de Castilla León enfría. Lo normal es que el sol caliente. Arguedas dice: «Nosotros en los andes, sobre los 4,000 metros de altura, en el techo del mundo, disfrutamos con el sol, soportamos el frío y luego, cuando sale el sol, salimos como las vizcachas a solearnos». Cómo no recordar aquel poema de Vallejo: «Mi padre, apenas/ en la mañana pajarina, pone/ sus setentiocho/ ramos de invierno a solear». Arguedas pensaba que las desvalidas criaturas de Castilla León, no tienen el placer que tenemos en los Andes peruanos de disfrutar del sol, porque allí uno sale a calentarse con el sol y el sol enfría a uno, no lo calienta. A menos de diez grados de temperatura en el invierno, salir al sol es seguir a menos de diez grados de temperatura. Arguedas saca una conclusión formidable de esta relación absolutamente literaria y amorosa con el espacio: «Ahora podemos entender por qué los conquistadores castellanos que vinieron a América pudieron adaptarse con tanta facilidad a los Andes peruanos». Con ese tono de confesión pensó también: «Porque yo no conocía el frío de Castilla y de León me compadecía de los pobres conquistadores pensando en cuánto habrían sufrido cuando llegaron a 4,000 metros de altura; pero me convencí de lo contrario. ¡Cuán alegres habrían estado! Por eso tuvieron más fuerzas para seguir trepando hasta llegar hasta los confines del territorio».

Su primer encuentro con Castilla León estuvo marcado por el sol que enfría y estos dos árboles maravillosos de la plaza de Bermillo. Hubo dos sorpresas más en ese encuentro. Si muchos de ustedes conocen los Andes habrán visto que los terrenos de cultivo están separados por muros. Parecen dameros o tableros de ajedrez. Son minifundios, pequeños trozos de tierra separados por muros y más muros. Si un andino va a Bermillo, o a La Muga, descubre los mismos muros separando minúsculos lotes de tierra. No quiero decir que copiaran en los andes los muros de España, sino —simplemente— que hay un parecido notable. En una zona pobre y dura, de muy pocos ricos y de muchos pobres, tener un pedazo de tierra, una «cortina», significa disponer de la vida. La tierra se fragmenta, se divide. Cada quien lucha desesperadamente por tener, por conservar una «cortina», pero no hay quien esté dispuesto a vender. A partir de las cortinas y el minifundio de Castilla y de León, Arguedas va entrando en el laberinto que separa a los señoritos de los hombres y mujeres que tienen muy poco que comer, que padecen hambre y frío, de otros que sí tienen algo de fortuna, pero que no viven bien ni mejor.

Otra gran sorpresa para Arguedas —también para mí— fue la importancia de los solteros en Castilla y León. ¿Imaginarían ustedes una casa en Lima o en los Andes —sobre todo en los Andes peruanos— donde hayan seis hermanos, que sólo uno esté casado y que los otros tengan sesenta años y sigan solteros? En el Perú ésta es una posibilidad impensable. En el mundo andino la vida en serio comienza con el matrimonio entre los 16 y 20 años. Uno empieza a ser autoridad, a ser importante en el pueblo, desde el momento en que alcanza su «edad de estado», un viejo modo de decir. La edad de estado no se obtiene con la escuela, ni a los 21 años, sólo es posible con el matrimonio. Alguien que no se casa, un soltero eterno, es objeto de graves sospechas.

Pero en Bermillo, en La Muga y en Sayago los solteros son parte de la estructura. Tuve que pedir que me repitieran varias veces una tesis central: en Castilla León, y en general en el campo europeo, la abundancia de solteros constituye la regla para asegurar el equilibrio demográfico. En otras palabras: «Si se nos casa todo el mundo, el futuro es China. Habrían tantos hijos que no habría con que alimentarlos. Somos tan pobres y vivimos en zonas tan pobres que el único consuelo que nos queda es que de seis hermanos se nos casen uno o dos, y los otros cuatro se queden a vestir santos».

Finalizo este punto con la mención a un personaje importante, que Arguedas cita como a su informante mayor. Lo presenta únicamente con las letras CMA. Estuve en la casa del señor CMA y he visto y he hablado con sus tres hijas solteras y dos de sus hijos solteros. Con inocencia andina les he preguntado: ¿Cómo es posible que ustedes se hayan quedado solteros? Me respondieron: «¿Y por qué diablos tendríamos que estar casados?» Fue un diálogo maravilloso. Ellos hablaban de una situación de lo más natural del mundo. Que en cada casa haya tres o cuatro hijos solteros es lo normal. «Cómo es posible que este pequeño diablo que viene del Perú nos pregunte: ¿Y por qué nos quedamos solteros?». La estructura social exige una demografía limitada por los recursos, y con la exigencia de un control, de una mano firme que decide quién se casa y quién no. Imaginen las consecuencias que esta enorme soltería tiene en términos del desarrollo de la personalidad de los afectos, de la infelicidad de no poder disfrutar de una pareja, independientemente de ser casados o no, de ser ricos o no, de ser pobres o no. Los solteros y solteras estaban aparentemente contentos en sus pellejos. Arguedas extrajo la conclusión inevitable: «las sociedades son distintas». En el mundo andino el que no tiene hijos es pobre, el que no tiene parientes es pobre. La palabra wakcha en quechua quiere decir: «pobre de dinero y pobre de parientes», al mismo tiempo.

Arguedas conmovió a la gente en Bermillo. Le encantaba escuchar cantar a los niños. Hablé con las chicas de entonces —que ahora tienen cincuenta años— y me contaron que cantaron para él. Arguedas cuenta en la tesis que a las cinco de la tarde, cuando el sol caía, se encontraba con los niños y las niñas que salían de la escuela en la puerta de su pensión y les pedía que cantaran para él. Tenía tal encanto que era capaz de hacer cantar a las piedras. Las personas más duras y difíciles cantaron para él. Lo recuerdan, entre otras cosas, por su habilidad para convencer a que canten los que difícilmente cantaban. Se trata de una capacidad de antropólogo mayor; es decir, de un recurso de poder llegar a la gente para abrir fronteras, ganar confianza rápidamente y encontrar los caminos de información y documentación para su trabajo.

La tradición se inventa todos los días. El solo hecho de que pasaran por Bermillo unas cuatro o cinco personas antes, preguntando por el peruano que anduvo por ahí, ha convertido a Arguedas en una especie de figura local. Pronto, para el turismo interno, dirán «Aquí vivió José María Arguedas» y habrá una placa que lo recuerde. No es broma lo que les digo, porque he llegado a verificar que personas que no lo conocieron, que no podían conocerlo, hablan de él con una tranquilidad y naturalidad, contando que en tal lugar conversaron con él y que en tal mesa estuvieron sentados. Los visitantes incautos pueden caer en la tentación y decir, «Sí, he hablado con los testigos». La tradición se inventa. ¿Qué prueba esta invención? La importancia de la persona que se convierte después en personaje. Pocos tienen la suerte de pasar de personas a personajes.

Arguedas está en la memoria de la gente, está en la memoria de la hija de la señora Chona, dueña de la pensión. Lo recuerda como a una especie de héroe cultural. Es buenísima y recibe a los visitantes en su casa. Otros seguirán inventando más historias, cargándoselas a cuenta de la tradición.

Hay otro personaje que Arguedas trata con mucha compasión: un empleado de banca que es ahora un apacible jubilado. Este hombre recibe en su casa a los visitantes. Tuvo la gentileza de ofrecerme un articulo que Arguedas había publicado en España sobre el correo español y, luego, textos de un poeta, Justo Alejo, nacido en Bermillo, que publicó un homenaje a Arguedas: «La voz a ti debida. Recuerdo de José María Arguedas Altamirano», en el periódico El norte de Castilla. El bancario jubilado dice: «Tuve grandes contradicciones con Arguedas por las cosas que me dijo, pero, en fin, el tiempo pasa y guardo un buen recuerdo de él, porque era una buena persona».

Lo recuerdan con mucho cariño en La Muga, que es «el único lugar de España donde está Dios, porque era el único lugar donde había un cura bueno», según una mujer de La Muga que fue informante de Arguedas. Pregunté por este cura bueno y hablé con él. Se apellida Gutiérrez. Pensé en Gustavo Gutiérrez. Le conté que aquí en el Perú, como en La Muga, tenemos también un cura bueno y que luce el mismo apellido. Aquel cura bueno de La Muga está también jubilado. El colegio que él fundó llevará su nombre cuando muera. Las placas están ya listas. Todo el mundo lo venera. Arguedas y el padre Gutiérrez conversaron mucho sobre Dios y la suerte de los pobres. El padre Gutiérrez recuerda las interminables discusiones con Arguedas. La batalla terminó en un empate pues ninguno convenció al otro de sus propias tesis.

Cierro este relato con un párrafo del poeta Justo Alejo que concluye su artículo de homenaje a Arguedas en 1974 diciendo: «Éste es el motivo de haber recordado a Garcilaso y a su invitación amorosa de Pedro Salinas en el titular: La voz a tí debida. Señor José María —como gustabas que te llamaran los convecinos de Bermillo, eliminando el don que denotaba privilegio de casta, de señoritos—, Sayago no era para ti lo último como los propios sayaguenses tienden a creer a fuerza de estar arrinconados. Sayago tiene voz en Las comunidades de España y del Perú: la voz a ti debida».

1. Texto corregido de la exposición que Rodrigo Montoya hizo en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Enero de 1994, en una mesa redonda en homenaje a Arguedas, organizada por el comité editorial de la Revista Hoja naviera, que aparecerá también en el Nº 4 de esa revista.
2. Rodrigo Montoya, editor, José María Arguedas 20 años después: huellas y horizonte 1969-1989, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Ikono Ediciones, Lima, 1991.
3. José María Arguedas, Las comunidades de España y del Perú, Clásicos Agrarios, Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, Ediciones Cultura Hispánica, Instituto de Cooperación Iberoamericana, con estudios introductorios de John Murra y Jesús Contreras, Madrid, 1986.
© Rodrigo Montoya, 1999
Ciberayllu

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