miércoles, 27 de enero de 2010

Distorsiones del turismo en la cultura

El Cusco representa la tradición y el misticismo del mundo andino en el imaginario colectivo. Su sentido enigmático lo hace irresistible para el visitante foráneo, quien admira su geografía imponente y, al mismo tiempo, participa de su transformación social, económica y cultural.




La reconfiguración que sufre actualmente la ciudad de los incas con el turismo es un proceso cargado de matices. La convergencia de diversas culturas incita al intercambio, pero también a lo que algunos denominan la alienación. El flujo de capital proveniente del turismo, que va en aumento, dinamiza la economía local, aunque sólo favorece a un grupo restringido y marca aun más las distancias entre los cusqueños y los que no lo son. Es este contexto problemático y de reinvención continua del espacio sociocultural el objeto de análisis de los cuatro especialistas que responden una encuesta, compartiendo impresiones sobre el fenómeno cusqueño.

Encuesta

¿Qué ha perdido o ganado el Cusco, en tanto espacio cultural y organización social, con la actividad turística? ¿Cómo percibe su relación con el resto del país?


Mario Guevara Escritor. Su novela, Cazador de gringas, será llevada pronto al cine.
En las últimas décadas, el Cusco ha ganado en el espacio cultural. De ciudad tradicional pasó a ser –en cierta forma– cosmopolita. La afluencia del turismo internacional produjo cambios en la ciudad, y eso repercute en las artes y ciencias sociales. La actividad cultural es movida; con presentaciones de libros, exposiciones y puestas de teatro. Hay mayor preocupación por el tema arqueológico y místico. De ciudad insular se ha conectado con el mundo. En el Cusco se habla todos los idiomas, y es posible encontrar desde comida italiana y española hasta tailandesa. Sin embargo, el turismo destruye el patrimonio arqueológico del Centro Histórico del Cusco, debido a la construcción indebida de hoteles cinco estrellas, ante la mirada pusilánime del INC. Además, el turismo incrementó en la ciudad la delincuencia, la prostitución y las drogas.
En organización social, el Cusco perdió protagonismo. No es esa ciudad contestaría de décadas atrás. El Cusco rojo siempre será, pasó a la historia con la caída del Muro de Berlín. Además, el movimiento sindical todavía no se recupera de la demolición que sufrió en la época fujimorista. Con la regionalización, se pensó que el Cusco volvería a tener un papel importante, pero ésta es un fiasco.
La relación del Cusco con el resto del país es amigable. Pero no con Lima, la centralista, que impide que las regiones crezcan económica y políticamente.


Elizabeth Kuon Directora del comité organizador del Octavo Coloquio Mundial de la Organización de las Ciudades del Patrimonio Mundial que se realizará en Cusco en setiembre.
Las ciudades patrimonio del mundo tienen en común captar significativos recursos económicos por la actividad turística. El Cusco no es la excepción. Sin embargo, esta actividad que capitaliza la herencia cultural y natural de los pueblos, y que concita el interés de las inversiones pública y privada, no siempre vincula el desarrollo armónico de las sociedades con la preservación de sus valores.
Sin lugar a dudas, la ciudad y su entorno contienen un conjunto de valores culturales y naturales que logró preservar gracias a su postergación económica desde el siglo XIX. Ello ha permitido que el Cusco reciba diversas nominaciones nacionales y mundiales, que la reconocen como ciudad histórica, ciudad patrimonio del mundo, sumándose a la que ya tenía como capital arqueológica de Sudamérica.
Desde la década de 1970, el turismo será la más atractiva actividad económica que repercutirá en inversiones significativas por el Estado, como el Plan Copesco, y convocará también el capital privado, principalmente de inversionistas foráneos.
Para una ciudad como el Cusco, carente de posibilidades de desarrollo mediante otras actividades económicas, por su condición mediterránea y su vinculación con mercados que creen expectativas de inversión, el cliché de la "industria sin chimeneas" se presenta como la única alternativa viable para su desarrollo.
Sin embargo, la experiencia está demostrando que esta actividad trae consigo un conjunto de fenómenos que afectan sustancialmente a los habitantes, sus valores y sus modos de vida, cuyos efectos –en unos casos pintorescos y la mayoría dramáticos– constituyen un alto costo social difícil de superar.


En términos económicos, las ganancias más significativas son para empresas transnacionales o foráneas, se encarece el costo de vida de los pobladores y se hacen inaccesibles productos de primera necesidad, se especula el suelo urbano en desmedro de los propietarios locales y se explota el recurso humano barato, entre otros.
En relación con la herencia cultural material e inmaterial, inversionistas ávidos de obtener el máximo de beneficios, depredan el patrimonio sin importarles la significación de éste, y son ajenos a los preceptos internacionales y las leyes del país de protección, amén de comprar conciencias de autoridades y pobladores para su propio beneficio. Ello implica que el poblador vaya perdiendo respeto por su cultura, tergiversando valores, usos y costumbres.
La sobreexplotación de los recursos turísticos y el mal manejo de esta actividad hacen que el Estado deba invertir grandes cantidades de recursos, con los que no cuenta, para el mantenimiento de éstos.
Fenómenos sociales como prostitución, drogadicción y adopción de comportamientos ajenos a la realidad local y nacional son efectos del desequilibrio socioeconómico entre visitantes y residentes.
El Cusco, por su trascendencia histórica y hoy por su fama como primer destino turístico en el mundo, mantiene su centralidad respecto a las demás ciudades del país. Como no es posible desechar la actividad turística y sus innegables beneficios, su manejo urge ser redefinido, previo un severo diagnóstico de sus resultados actuales en todos sus aspectos, no sólo el económico.


Mariana Mould de Pease Historiadora.
Es profesora de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

El turismo es un fenómeno actual que moviliza a las masas y que forma parte de la evolución humana. El Perú no puede retraerse de este fenómeno; el Cusco, mucho menos, porque es la cuna del mundo andino, del mundo Inca y un puesto esencial de la historia de la humanidad. A partir de esa premisa, puede decirse que, viéndolo todo desde un ángulo positivo, la gente puede ganar calidad de vida porque el turismo trae ingresos económicos fuertes. Eso es innegable. Puede ganar riqueza de intercambio cultural, riqueza espiritual y todo aquello que alimenta la mente humana.
Sin embargo, paralelamente a este fenómeno que yo veo de manera muy positiva, hay en nuestro país un grupo de personas que manipulan la situación para que todo esto fluya en beneficio propio. Y son personas que van desde lo más alto de la escala social, hasta los sectores más bajos. Hay algunos que siempre están sacando provecho y eso es lo grave de esta situación.
Estas personas han propuesto que los niños peruanos lleven en el colegio un curso de turismo. Yo no conozco el contenido de esa materia, pero creo que un curso de ese tipo debe estar incluido en la materia de ciencias sociales, no tiene por qué ser un curso aparte. Hay lamentablemente un interés económico desmedido que no vacila en modificar la realidad del Cusco al servicio de unos cuantos.


En cuanto a la organización social, para dar un ejemplo concreto, podemos remitirnos a 1950. En esa época hubo un terremoto que ocasionó graves daños y a partir de eso se da la reconstrucción del Cusco. En esa época ya había un movimiento turístico fuerte, pero aún así se destruyen muchas viviendas que tenían cimientos inca, en función de un determinado interés. Eso acabó por desplazar a los que tienen menos recursos. Lo digo respecto a lo de 1950, pero hoy en día suceden hechos similares. Un ejemplo de esto es lo que está ocurriendo en Choquequirao, que si bien no es en el Cusco, sí es en el departamento del Cusco, la región. Muchas personas muy influyentes compran tierras a los campesinos a precios mínimos. Una vez más la premisa es desplazar a los que menos tienen.
El Cusco es un espacio excepcional en el país. No sólo porque sus beneficios económicos turísticos fluyan hacia Puno, Andahuaylas y las demás zonas vecinas, sino porque es la imagen que nos representa afuera. El mundo prehispánico andino, básicamente el mundo inca, es el que está en la imaginación de todos. Aún cuando ahora se esté trabajando mucho más la zona de la Costa norte, sigue siendo la arquitectura en piedra la que está presente en perfecto ensamblaje con la naturaleza.
El turismo favorece en la medida en que los que toman las decisiones políticas las asuman con honestidad, con criterios científicos, con criterios empresariales, con criterios honestos. De lo contrario, sólo es perjudicial. En este momento hay muchos de esos factores que actúan contra la población local.


Inés Fernández Baca Coordinadora regional del Cusco, directora ejecutiva de Coincide.
Hay un turismo empaquetado, los visitantes que llegan bajo esa modalidad tienen sus restaurantes, movilidad y tiendas exclusivas, ocasionalmente nos topamos con ellos en algún sitio arqueológico, los vemos pasar con cierta indiferencia, porque forman parte del paisaje cotidiano al que estamos acostumbrados. Hay otro tipo de turistas con mayor permanencia en la ciudad, por lo general mas jóvenes y de menores recursos, con los cuales compartimos los mismos espacios. Ellos descansan en los bancos de la plaza de Armas, visitan las discotecas, participan de nuestras fiestas populares y se empeñan en entrar en diálogo con los nativos. Aunque los rostros cambien, los comportamientos son parecidos. Ellos son también habitantes de nuestra ciudad.
¿Cómo impactan estos visitantes permanentes en la vida cultural de los cusqueños, sobre todo de los jóvenes con quienes establecen un mayor contacto? Les preguntamos a un grupo de ellos y la reacción primera es negativa: "asimilamos patrones extraños de comportamiento", "surge la alienación", "estamos perdiendo identidad", "nos están desplazando", "traen enfermedades". Ante nuestra insistencia por identificar aspectos positivos, surgen otras apreciaciones: "nos permite conocer otras culturas", "entrar en contacto con otras realidades nos amplían oportunidades" y "de alguna manera puede contribuir en una mayor valoración de nuestras costumbres". Preguntamos también qué sería la ciudad del Cusco sin turismo y las respuestas son claras: "afectaría la actividad económica" y "la vida sería aburrida".


Por lo general los cusqueños vivimos esta situación contradictoria, porque así de contradictorio es nuestro proceso cultural. Nos enfrentamos permanentemente a la resistencia o al cambio. Particularmente, prefiero el cambio, porque éste es señal de vitalidad, la repetición (es aburrida dirían los jóvenes) conduce al agotamiento. Sin embargo, lo sabemos, no todo cambio es positivo, hay quienes cambian por imitación, ahí los vemos hablando y vistiendo a lo gringo, otros cambios nos son impuestos. Los artesanos, por ejemplo, deben acomodar su creación al gusto del turista, con lo cual el arte corre el riesgo de perder su valor simbólico. Sin embargo, hay cambios enriquecedores. Entre estos visitantes permanentes existen personas muy interesantes que contribuyen a inquietar la vida cultural del Cusco y existen muchos jóvenes cusqueños que se abren a ese diálogo entre culturas sin necesidad de renunciar a lo que son.
El turismo, por tanto, no es malo ni bueno en sí mismo, es simplemente una oportunidad, una ventana abierta al mundo que nosotros los cusqueños podemos aprovechar positivamente. Todo depende de cuánto valoramos realmente lo que somos (no sólo lo que fuimos) y de nuestra capacidad de ofrecer al extranjero una ciudad cuya cultura merece ser respetada y no agredida como está también sucediendo.

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