viernes, 15 de enero de 2010

Los años noventa y la poesía peruana

I
Los grandes discursos y algunos mitos de la poesía peruana contemporánea escrita en castellano, empiezan a crujir desde fines de los años 70 con actitudes como las del grupo LA SAGRADA FAMILIA, o con aquéllas, también insulares y a la retaguardia, como la de Mario Montalbetti —entre otros autores del período—; en un ambiente poético dominado por el colectivo de prédica iconoclasta HORA ZERO.

En los años 80, como bien se recoge en el prólogo de la antología La Última Cena (Lima, 1987), dos líneas principales se perfilan como neodiscursos poéticos en un horizonte verbal regido por el narrativismo y el coloquialismo. Ellas son: la poética estallante y vanguardista, posicionada en la marginalidad —no pocas veces lumpen—, del Movimiento KLOAKA, y otra más bien de reciclaje intimista de aquella retórica que se corporeiza hacia fines de los 50 —con el sello de la influencia anglosajona— sobre todo con la poesía de Pablo Guevara y, ya en los 60, con la de algunos otros autores como Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza y Luis Hernández.

La influencia predominante de la moderna poesía de habla (o escritura) inglesa, relegó a la sombra a otras nutrientes como las de la poesía francesa (principalmente los simbolistas y los surrealistas) o de la propia poesía española de comienzos del siglo XX y ese canto a la tierra, a la naturaleza, con dosis de espiritualidad y resonancias místicas. Pienso en autores como Jorge Eduardo Eielson, Blanca Varela, Francisco Bendezú, Juan Ojeda, César Calvo, Javier Heraud o Marco Martos. Otra línea desplazada fue aquélla que echaba raíces en tradiciones del Oriente, de características trascendentalistas; como se aprecia en la poesía de Leopoldo Chariarse, o en la de Javier Sologuren y su tenaz militancia en la poesía asiática a tal punto que es, además de reconocido traductor y promotor del haiku japonés, autor de algunos haikus en castellano. Hay, por cierto, otras líneas poéticas que pasan por igual trance a inicios de los 60 (como la poesía abiertamente política que se impuso entre los años 40, con los llamados «poetas del pueblo», y los años 50, con el Grupo Intelectual PRIMERO DE MAYO y con autores denominados «poetas sociales» como Alejandro Romualdo y su poema «Canto coral a Túpac Amaru, que es la libertad», a la cabeza). Pero no es motivo central del presente artículo ahondar en estas batallas al interior de la llamada «poesía culta» peruana e internacional (ya que, a estas alturas, es claro que lo que ha ocurrido y ocurre en nuestra poesía tiene varios y dinámicos vasos comunicantes con lo que acontece en otras tradiciones del mundo). Ni tampoco es un objetivo abordar esa antigua y mentada polémica entre «poesía pura» y «poesía social», que prácticamente copó nuestra escena literaria local hace ya casi cinco décadas. Por lo demás, los libros de Wáshington Delgado, Juan Gonzalo Rose y del propio Guevara, demostraron que tal dicotomía —harto esquemática— fue sólo pertinente, en su época, para contribuir a afinar los análisis de nuestra joven crítica literaria; pero que en la práctica de la escritura misma, como en la vida, se imponía la relación dialéctica entre lo llamado «puro» —léase: «lírico» o el referente individual— y lo llamado «social» —léase: la actitud épica, e incluso dramática, ya definida desde la antigüedad griega—. Esta comprensión dialéctica continuó enriqueciendo nuestra tradición poética durante los 60, con libros como Canto Ceremonial contra un Oso Hormiguero (1968), de Cisneros, o con los dos primeros libros de Hinostroza y su explosivo estilo, al uso pop, de cruzar temáticas y lenguajes de registros aparentemente alejados entre sí (aquí, la referencia principal es a Contranatura —1971). A inicios de los 70, y con otra promoción de autores, tal fenómeno no variará en lo fundamental, sumando variantes más localistas que optan por situar la poesía en las calles de Lima y otras urbes del Perú.

Tampoco es ocasión para detenerse a discutir sobre las múltiples y complejas interrelaciones entre escritura y proceso social; pero como bien se aprecia, para el caso peruano, en la interesante Introducción de la antología de poesía peruana El Bosque de los Huesos (México, 1995) 1, publicada por José A. Mazzotti y Miguel Angel Zapata, éstas son poderosas y siempre aparecen, de un modo u otro, en las creaciones literarias y artísticas.

Repasemos a grandes rasgos, sin embargo, algunas características principales del período histórico más reciente antes de entrar de lleno en la materia literaria que aquí nos convoca.

II
2.1. En Occidente, es ya un lugar común decir (o escuchar / leer) que los años 80, y los que les siguen, corresponden internacionalmente a una crisis del discurso utópico y, asimismo, al desmoronamiento de los llamados «socialismos reales». En el ámbito del pensamiento político-filosófico, ello se expresó en el cuestionamiento de los paradigmas que explicaban la sociedad a partir de sus estructuras, con factores determinantes y modelos «totalizantes». La desintegración final de la otrora U.R.S.S. (1991) y de los varios regímenes burocráticos de su entorno geopolítico en «Europa del Este», así como la caída del muro de Berlín (1989), sellan este proceso reforzando dos fenómenos: 1) El bombardeo de los medios de comunicación anunciando la derrota definitiva del comunismo, y 2) la sistemática publicidad, a escala global, acerca del triunfo per secula seculorum del capitalismo (hoy bajo el modelo neoliberal), del llamado sistema democrático y, en fin, del reino de las libertades individuales. Pero ni las aspiraciones revolucionarias de los condenados de esta tierra han pasado, en la práctica, al olvido, ni son anecdóticas las condiciones de miseria contra las que tienen que luchar.

Asistimos a un distanciamiento de los paradigmas de la modernidad. Esto es, principalmente, que ante la fe en la razón como instrumento de progreso, se dirige más bien la mirada hacia la heterogénea problemática del individuo, hacia la «dispersión» social. La sociedad es percibida no en su carácter estructural, con una estructura que determine a las otras (economía, política, cultura), sino en su carácter contingente, donde se encuentran una serie de factores, disgregados, no necesariamente articulados entre sí; lo que niega aquel supuesto central. A través de estos discursos se acentúa la contingencia individual y se reivindica ya no el desarrollo social, ni los intereses o necesidades de las mayorías oprimidas, sino la búsqueda de la felicidad del individuo, de su realización personal. A esta última expresión, se la ha identificado como una manifestación contemporánea del narcisismo: un fenómeno finalmente desestructurador de cualquier realidad que vaya más allá del ombligo —o del pez que se muerde la cola, para decirlo más poéticamente—.

Aun cuando esto haya servido, sin duda, para cuestionar vacíos y obsolescencias del pensar y quehacer políticos, rebasados por la dinámica de las tranformaciones políticas y sociales, el mainstream de aquel instrumentario teórico sirve de comparsa al poder, a la lógica de exclusión del capital y al proyecto político del liberalismo. Nuevos y refrescantes ensayos teóricos tienden a ser instrumentalizados, u otros no tan nuevos ni refrescantes nacen ya con una manufactura ideológica. Si bien su postulado común es el rechazo a la ideologización, sirven a la reproducción de discursos con profundo contenido ideológico. No es el capitalismo, en donde no hay lugar para todos, el problema; ni tampoco lo es la democracia liberal, que legitima el poder de las clases hegemónicas. Ahora se pretende curar con aspirinas al enfermo de cáncer.

2.2. Es verdad que durante los 80 hubo un reflujo generalizado de las luchas sociales. Y aunque no todo se detuvo absolutamente, durante esos años se estimuló, de modo intenso y apelando crecientemente al poder de los canales de información (lo que no significa, para nada, el abandono de las prácticas represivas en sus diversas formas), la desmovilización ciudadana en sus vertientes más radicales y críticas. El surgimiento de nuevos actores políticos pone sobre el tapete una serie de reivindicaciones no centrales de la lucha de clases, que sin embargo responden a la álgida cotidianeidad de Occidente en su proceso de post-industrialización: las luchas contra la discriminación de género, por la conservación del medio ambiente, por mayor participación ciudadana, entre otras. En última instancia, va desapareciendo de la dinámica discursiva, y de la práctica política, el cuestionamiento a la sociedad capitalista, y se afirma y legitima el sistema demócratico liberal.

Consenso social y protesta al interior del sistema han servido siempre como válvula de escape al descontento general; han sido, pues, piezas esenciales en la reproducción y legitimación del orden. La renovación del rostro de las luchas políticas y sociales evidencia, sin embargo, una nueva crisis en Occidente, y su proceso de asimilación dentro de las instituciones políticas del Estado y de la llamada sociedad civil marca un nuevo momento en los mecanismos de articulación del sistema basado hasta ese momento en el modelo clásico del compromiso social. Al final, el sistema se moderniza y el consenso continúa siendo elemento fundamental para ejercer control, y represión, por supuesto. Este proceso va unido a una creciente despolitización de los movimientos sociales y al creciente desinterés de las nuevas generaciones por los problemas de la sociedad. Sin embargo, más allá de este reflujo, superviven flancos de la sociedad que no renuncian a las luchas, que rechazan armónicos acuerdos por medios legales y que no rehuyen la confrontación hasta las últimas consecuencias con el poder 2.

Pero conviene no ir tan de prisa y hacer las precisiones del caso, ya que lo anterior resulta más visible en países donde las diferencias socio-económicas son más extremas: en el llamado Tercer Mundo. En los países ricos, el modelo de consenso social cumple ciertas funciones, y por eso su desgaste no es tan abrumador. La despolitización ya aludida se presenta con diversos grados y heterogéneas manifestaciones en el mundo. En países como el Perú, donde las clases dominantes no llevaron a cabo jamás un proyecto nacional ni revolucionario —encuadrado en sus específicos intereses de clase—, tal hecho, sumado al descrédito de los políticos y sus partidos, se presenta de modo grotesco. Basta asomarse un poco al escenario político nacional para comprobar lo dicho. Aquí triunfan los «independientes», los sin partido. La propia experiencia popular, desgarrada y mil veces traicionada por la política oficial, izquierda parlamentarista incluida, mueve a pasar de las palabras y apostar por la intuición y el individuo. No interesa la doctrina, el programa. Interesa la imagen, el caudillo. Y gobernar es igual a robar, y saludar a la bandera es igual a no comprometerse. En otras sociedades, incluso del área latinoamericana, tal desencuentro entre práctica política y sociedad presenta otras variantes menos dramáticas.

2.3. En diversas partes de América Latina, pero específicamente en el Perú, la restauración del juego (sic) democrático durante los 80 —lo que algunos llamaron «vuelta al orden»; es decir, al orden constitucional anterior a los períodos de dictaduras militares— tampoco trajo el bienestar para las mayorías ni las libertades anunciadas a todos los vientos; sino, inversamente, trajo el desmoronamiento de las promesas de siempre y más crisis, más desempleo, más problemas y más miserias para las clases populares (pequeña burguesía incluida).

De ahí que no debe sorprender a nadie que un ánimo desencantado recorra los países de la llamada «periferia», contra todo «lo oficial» y «lo institucional». Específicamente, desde comienzos de esta década: la que cierra un milenio, y abre otro. Las noticias periodísticas virtualizan y ocultan la información; pero no pueden ocultarla toda. Así, no es difícil comprobar que por todas partes rebrotan enfrentamientos contra el poder y sus aparatos de represión.

Este marco nacional e internacional, abusivamente recortado aquí, es el que corresponde a la (auto)presentación pública de las últimas dos promociones de escritores peruanos. En poesía, y como es costumbre desde que el dorado mito de la juventud sentara sus reales en nuestra tradición durante los 60, se las ha llamado: generación del 80 y generación del 90. Los poetas peruanos aparecidos en la última década son, pues, nuestros novísimos. Los del 60 y del 70 serían los seniors, y los del 80, los hermanos mayores (ahora también hay hermanas). Las desiguales relaciones entre los / las miembros de estas promociones, sus inevitables diferencias, antagonismos y afinidades, son el cuerpo real y dinámico de esta libre caracterización.

Veamos ahora cómo todo lo anterior encuentra o no lugar —mediante la transposición poética— en la escena literaria culta del Perú, y, más concretamente, en la poesía de uno de los autores representativos de la Lima de los 90.

Continúa...


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Notas
* El presente ensayo fue escrito entre setiembre de 1997 y enero de 1998, y revisado para su versión final en diciembre de 1999. Desde entonces, debido a diversas razones, propias y ajenas, se ha mantenido inédito. Estamos ya a comienzos de un nuevo siglo, y creo que en lo esencial el texto se mantiene vigente tanto en el panorama general, la reflexión valorativa sobre los 90 como lo concerniente a la poesía de Paolo de Lima, en particular. Los más recientes acontecimientos políticos en el Perú y el mundo, así como haber leído, en estos meses, nuevas composiciones inéditas de largo aliento y que rompen su marcada tendencia al poema breve, me reafirman en lo dicho. Razones por las que ahora se hace público, manteniendo fundamentalmente su forma del año pasado donde además se incluye un «glosario mínimo» para el público no peruano. (C.A.L., octubre 2000)

** Escrito con la colaboración de Guillermo Ruiz

Con respecto a este texto (que fue recibido con apasionado afán polémico por algunos autores del 70), quiero expresar mi posición porque lo considero un aporte en el esfuerzo por desarrollar una nueva crítica de la poesía peruana contemporánea, entre otras cosas. El aparato teórico que en él se maneja es ciertamente renovador y útil en el panorama de la crítica literaria y cultural peruana. Considerando ello, nada avanzaríamos si no impulsásemos la discusión sobre sus problemas o vacíos.
La Introducción a El bosque..., es un estudio y reivindicación de las voces aparecidas en la poesía peruana de los 80, en el marco de los últimos cuarenta años; respondiendo, de paso, a cierta idea —o provocación— de que esta promoción constituyó «una década perdida». Asimismo, sale al frente de la caza de brujas que promovió la revista Caretas (Cf. # 1228 y 1229, setiembre de 1992) contra algunos autores contestatarios de los 80, cuando ocurrió la captura de Abimael Guzmán —jefe de «Sendero Luminoso»— en 1992.
Según el análisis y valoración del mencionado texto, de manera clara y directa —y, en líneas generales, correcta— se caracteriza políticamente la actitud y la poética del Movimiento HORA ZERO, en los 70, como «populistas». (Hace falta, sin embargo, un análisis crítico serio de la obra producida en las últimas tres décadas por quienes integraron —o adhirieron a— este grupo, que sustente esta afirmación y establezca sus alcances). Y aun más, correlaciona ello con el «narrativo-coloquialismo» exacerbado y entronado en la poesía de esos años, e inclusive con el populismo de la dictadura del General Velasco (1968-1975).
Pero no hay una actitud crítica semejante cuando se refiere a la dicción «retro» de los 80, o a aquellas voces «disonantes» a fines de los 70, ni cuando habla de las poéticas de Cisneros y, principalmente, Hinostroza —con todo lo cual se establece una continuidad retórica, un mismo curso—. En relación a ésta y otras poéticas afines, la Introducción carece de una crítica política y de una caracterización correlativa. Hay algunas aproximaciones en este sentido, al decir que Contranatura, de Hinostroza, tiene «un afán libertario» o que el Movimiento KLOAKA —cuyos logros también son relievados—, en los 80, recreó «una experiencia social desquiciada, violenta y altamente anárquica». Se valora ello, pero no se profundiza en sus límites ni en las causas de los mismos; restando claridad para ver esos nuevos árboles del frondoso bosque que es la poesía peruana. Quizá las razones esbozadas al inicio de esta nota expliquen por qué el texto de Mazzotti y Zapata, en lugar de profundizar en este camino, lamentablemente recaiga en el hábito (igualmente practicado por los horazero, en relación a otras promociones: especialmente a la llamada «generación del 60») de contraponer una generación, o grupo de poetas, a otra. Así, los autores asumen un uso del concepto de «generación» (en referencia a quienes publicaron sus primeros poemas en una misma década) puesto en cuestión —aun por ellos mismos— para los análisis literarios y culturales. Pero si se trata de diferenciarse de prácticas, ideas y emociones consagradas y ya caducas, la mejor manera es fundando prácticas, ideas y emociones de otro tipo, tanto en la creación como en la crítica. Es decir, confrontando una posición con otra; más allá, pues, de escaramuzas finalmente de individuos, grupales o mal llamadas generacionales.
¿Existe realmente, en el Perú de estos últimos años, una posición nueva ante la literatura y ante la vida misma, que se diferencie, en esencia, de la consagrada en el período de los 60 y 70? Creo que, asumiendo los aciertos y la pertinencia de la Introducción a El Bosque..., aún (nos) harían bien dosis de autocrítica para sentar la diferencia con el pasado y abrir o consolidar nuevos caminos. He aquí algunas tareas pendientes para quienes se interesen en situar —y hacer— la actual poesía peruana.
Hay que tener presente revueltas masivas como en Los Angeles, París y la más reciente en Seattle —incluidas sus secuelas frente a otros foros económicos mundiales realizados bajo la ensangrentada bandera del capital y la globalización—, así como las sonadas manifestaciones de la izquierda radical en Berlín. Desbordes, todos ellos y otros más, que expresan que dicha articulación social puede tambalear aunque no encuentren su referencia inmediata en proyectos programático-globales.

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