miércoles, 27 de enero de 2010



Mariátegui


Invitación a la vida heroica es la reciente publicación del Fondo Editorial del Congreso de la República, una antología de textos de José Carlos Mariátegui, a cargo del fallecido historiador Alberto Flores Galindo. Se trata de una edición que recupera al temprano y original crítico que concedió a la cultura una importancia decisiva en su obra ensayística.
En un acierto memorable, el Fondo Editorial del Congreso de la República ha publicado Invitación a la vida heroica (textos esenciales) de José Carlos Mariátegui. Esta antología es la reproducción de un trabajo de selección preparado por Alberto Flores Galindo y Ricardo Portocarrero en 1989. La colección de textos no toma en cuenta ningún criterio anterior con el cual haya sido compilada la obra del Amauta, es, más bien, un trabajo de carácter cronológico acerca de su producción. Esto permite ver precisamente la evolución de un autor desde sus años de juventud hasta su temprana y notable madurez; del cronista de la vida cotidiana al analista internacional; del poeta de Colónida hasta el ensayista notable sobre temas nacionales.
La antología cuenta con un valor agregado, ya que es Alberto Flores Galindo, el autor de la selección de textos. El finado historiador es, sin lugar a dudas, uno de los más conspicuos intérpretes del Amauta. A partir de su interpretación desde la izquierda, abrió una posibilidad de mantener la vigencia de Mariátegui.
En la selección mencionada, hay una agrupación temática que refleja un profundo conocimiento de las áreas de interés de un autor que se desplazó por diversos terrenos. Una personalidad refinada y brillante como la de Mariátegui se situó por igual en la poesía y en la crónica internacional.
Uno de los grupos de textos se denomina “Socialismo e indigenismo”. Este título revela muy bien el sesgo de los compiladores. Pero esta excelente oportunidad nos brinda una ocasión precisa para hablar acerca de algunos temas vinculados con el Amauta.
La discutible vigencia de un autor
¿En qué consiste la vigencia de un autor? Consideramos a un autor vigente a partir de la posibilidad de instrumentalizarlo y hacer posible desde su discurso un abordaje de la actualidad. Así, la vigencia de Aristóteles consistiría en su discurso acerca de la comunidad y de las virtudes, tan pertinentes en la época contemporánea. En un mundo en el que la noción de Estado-nación se encuentra en crisis y en el que las diversas nacionalidades exigen reconocimiento, volvemos casi obligados por las circunstancias a preguntarnos acerca de la noción de comunidad.
El ejemplo es bueno. Mariátegui no es un filósofo, la permanencia de su pensamiento se halla mucho más amenazada por las adversidades del tiempo. La filosofía es un discurso que pretende hablarnos desde la universalidad. La obra de Mariátegui corresponde a un período formativo de las ciencias sociales. Viéndolo de cerca, sus aportes pueden ser incorporados actualmente en varias disciplinas de forma simultánea: la crítica literaria, la sociología, la polítología, etcétera. Todos estos discursos, al valerse de un registro fáctico, están sometidos a cambios más inmediatos.
Es obvio que nadie utilizaría la visión del ensayista acerca del indio, después de la reforma agraria velasquista; nadie hablaría de un proceso de instrucción pública, tras una reforma educativa y de una educación pública colapsada por diversos factores; nadie hablaría de un proceso de la literatura del cual Mariátregui estaba informado de forma somera, luego de algunos descubrimientos notables acerca de la literatura colonial, por ejemplo.
Pero he aquí una observación imprescindible. Con la obra de Mariátegui, hemos de contentarnos con una postura que evite todo radicalismo. Decir que su discurso es anacrónico y superado es tal vez precipitarnos y continuar el equivocado derrotero de muchos de sus "epígonos".
Mariátegui es un científico social en ciernes y un periodista culto y avisado, pero no se agota en esa condición. Un discurso que analiza y que por lo general está arrojando diagnósticos no tiene sus permanencias más importantes en sus resultados, sino en sus puntos de partida. Es en éstos en los que Mariátegui se revela con mayor riqueza. Los presupuestos básicos de un discurso, es decir, los aspectos de la ideología son aquellos que prometen ser más perdurables.


Quiero poner dos ejemplos: uno de ellos es la actualización de Mariátegui en la década de 1980. La heterodoxia marxista del Amauta inspiró al sector más creativo de la izquierda (Flores Galindo). En la necesidad de conciliar las nociones de marxismo y nación estaba el último gran esfuerzo de actualizar a Mariátegui desde la izquierda. En la posición de Flores Galindo hallamos una sorprendente frescura reflejada en el intento de conciliar el indigenismo y el método marxista o en el combate a otras lecturas estériles y repetidoras formuladas desde otros sectores de la izquierda. Esto lo llevó a Flores Galindo a resaltar el carácter heterodoxo del Amauta. Mariátegui es el gran creador1, el regresado de Europa que toma contacto con los indigenistas y que intenta formular un socialismo "nacional". La noción de socialismo es una "construcción", es decir, el socialismo no es un modelo cuyas características se hallen preestablecidas. Esto marcó la diferencia con la ideología de la internacional comunista; marcó también una distancia con el aprismo en su versión primigenia. La lectura aprista partía del presupuesto de que el socialismo era imposible en una realidad cuyo capitalismo no había sido desarrollado. Desde el punto de vista opuesto, esta lectura se basaba en un fundamentalismo del cual el Amauta tomaba distancia.
El segundo ejemplo de actualización de Mariátegui proviene de los sectores que han puesto su atención en los aspectos irracionales de su obra. Se debe poner atención, desde este punto de vista, a los textos que formulaban una crítica tanto a la ciencia como a la razón2. La primera posguerra mundial había situado en un punto de escepticismo a la intelligentsia europea. El mito revolucionario reivindicado a partir de la obra de Sorel daría muestras de una filiación verdaderamente independiente.
Esta posición ha dado lugar al "socialismo religioso" de Mariátegui como a otras lecturas que tienden puentes con la posmodernidad.
Éstos dos son buenos intentos por actualizar un pensamiento. El de Flores Galindo, más politizado e inspirado en la creatividad, y el del irracionalismo, que parece partir de motivaciones más epistémicas: Mariátegui habría comprendido el agotamiento de la modernidad y sus propias contradicciones.


Estas dos lecturas son esforzadas y, por tanto, merecen alguna atención. Sin embargo, no cuentan con ninguna importancia. No la tienen salvo que se realicen desde la historia de las ideas políticas o que respondan a alguna necesidad actual. Si alguien considera que es posible formular un discurso que pueda mezclar indigenismo y modernidad, entonces el discurso de Flores Galindo tendría alguna pertinencia. Me temo que aquí nos podemos remitir con justicia a lo dicho por Hugo Neira3: "La paradoja de quienes respetamos a Mariátegui es que haya que abandonarlo."
La postura de Flores Galindo tiene alguna importancia en la medida de que invita a la creatividad, nos remite a un tema actual y controversial al mismo tiempo que es el de las identidades nacionales. Pero ¿puede existir un proyecto nacional a partir de ese planteamiento? ¿No se busca por el contrario que las propuestas de contestación sean globales?
¿Qué sentido tiene descubrir en Mariátegui un posible pragmatista o un posible deconstruccionista, un weberiano o un liberacionista? Lo único que podría reflejar ese pensamiento es el radical carácter antisistemático de un autor. Veamos en Nietzsche el ejemplo exaltado de sus muchas interpretaciones: el darwinista, el nazi, el filósofo de la alegría, etcétera.
Un autor sobreinterpretado nos arroja sobre la senda de otra sospecha.
¿Por qué a nadie se le ocurrió ver a un irracionalista en Mariategui en la década de 1950? ¿Por qué el Mariátegui de Flores Galindo no es un irracionalista?
Así como Mariátegui fue convertido durante décadas por un sector de la izquierda en una autoridad incuestionable, así el indigenista de la década de 1980 respondía más bien a las necesidades de un movimiento popular en crecimiento, así también el Mariátegui posmoderno responde a una moda. Todos pretenden una lectura del Amauta desde sus propias pretensiones. Esto se parece un poco a lo que dijo Flores Galindo acerca de su instrumentalización. Mi posición es que todos han convertido la obra y el pensamiento de Mariátegui en una autoridad. Pretenden validar cualquier lectura, apoyándose en la fuerte imagen del Amauta. Lo cierto es que ésa es una impostura intelectual de la cual debemos apartarnos. Aquí subyace una falacia: la de recurrir a la autoridad para creer que una proposición es válida. En el afán de buscar autoridades se pierde lo mejor de nuestra creatividad.

Entonces ¿cuál es la actualidad de Mariátegui?
Aunque parezca extremadamente riguroso, el significado de la actualidad es plenamente interpretable. Así, algunos podrían decir que avanzamos en el curso de la modernidad, hacia el reino de la abundancia y de la libertad, y otros pueden afirmar que avanzamos por una pendiente hacia una decadencia inevitable cuyas expresiones más sólidas están en una disminución progresiva de nuestras facultades abstractivas, de un creciente individualismo y de una confusión deshumanizadora. Estas lecturas son por igual válidas, en la medida de que encontramos buenos ejemplos para cada una. Pero, sin duda, unas son posturas que explican mejor que otras el conjunto de fenómenos al que denominamos "realidad".
La presencia de Mariátegui para la comprensión de la realidad se explica por dos factores diferentes: la sociedad peruana posee una dinámica lenta y el Amauta se ha convertido para cualquier tratamiento de la realidad peruana en una referencia imprescindible por el carácter fundacional de sus textos.
Éste es el primer punto que queremos rescatar: el carácter fundacional de Mariátegui. El Amauta, junto con la generación llamada del Centenario, planteó las líneas a partir de las cuales se desarrolla una noción de nacionalidad. Lo precedieron, por un lado, una brillante generación de pensadores aristocráticos, los novecentistas, cuya debilidad radicaba en una perspectiva mucho más estrecha acerca del Perú y, por otro lado, un grupo de inspirados profesores e intelectuales de provincias que se denominó "indigenista".
Mariátegui es un fundador. Éste es un primer aspecto que debemos resaltar. Con Mariátegui y con la generación del Centenario nace el Perú conceptualmente. Aunque nada de lo que nos diga sea útil actualmente, él funda el Perú. Hemos de leerlo en el futuro como leen los alemanes a Goethe. Hemos de leer a Mariátegui como leen los americanos a Dewey y tal vez mucho más.
Lo segundo que debemos rescatar de Mariátegui es que se trata de un modelo de virtudes. Mariátegui es el héroe intelectual indiscutible, el jovencito de estrato popular que lee vorazmente, el lisiado que escribe afiebrado sus artículos, el hombre que a pesar de sus limitaciones económicas y físicas desarrolla un papel de organizador (funda un partido político, una central obrera y varias revistas), el intelectual independiente y creativo que sigue su propio camino sin ortodoxias ni iglesias.

En épocas posrrománticas como ésta, la figura de Mariátegui es alentadora. Ahora, que lo que rige es un criterio mercantil que se extiende a todos los planos de la vida, Mariátegui aparece como un entregado a una causa sin intereses.
En este segundo sentido, ¿qué pensaría Mariátegui de algunos supuestos intérpretes que negocian con su nombre? ¿Qué pensaría de los que ganan dinerales trabajando para ONG , haciendo una supuesta defensa de los derechos humanos? ¿Hay heroísmo en dicha actitud o sólo una actitud hipócrita y desvergonzada?
Peor aun, ¿qué puede pensarse desde el heroísmo de Mariátegui de los intelectuales sin creatividad? ¿Qué puede pensarse de los intelectuales que no se atreven a formular nada original al margen de la comunidad de especialistas?
Mariátegui es el intelectual que se formó en Europa para adaptar lo aprendido a lo nacional con creatividad.
Ése es el Amauta que queremos: el fundador, el padre que ya no puede decirnos nada de la actualidad porque su tiempo pasó y el modelo de virtudes.
Lo demás es dar la vuelta a la página y dejar de buscar en su obra respuestas; seguir su ejemplo y buscar nuestro propio discurso.

Gabriel Icochea Rodríguez

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