sábado, 23 de enero de 2010

Una evocación de José María Arguedas

Testimonio
Cecilia Bustamante


Cecilia Bustamante es escritora, poeta, periodista, editora y conferencista de origen peruano. Recibió el Premio Nacional de Poesía del Perú. Su obra literaria ha sido traducida y publicada en varios idiomas.
La presente nota es una versión corregida y aumentada de otra que apareció en Eco, Tomo XLI/2, No. 248, Junio, l982, Bogotá, Colombia.


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«Tú ves como niño, algunas cosas que los mayores no vemos...»
Los ríos profundos

«Después de los catorce años fui rescatado por la sociedad de los «blancos». Fui huérfano de madre a los tres años. Luego de una adolescencia de trotamundos por el territorio humano y geográfico más diverso y hermoso, alcancé a ingresar a la Universidad de San Marcos de Lima. Murió mi padre cuando acababa de entrar a San Marcos. Ya profesor en el colegio fiscal ‘Mateo Pumacahua’ de Sicuani, en 1939, me casé...»1
Mi padre había viajado al norte del Perú a tentar fortuna. Regresó a Lima en 1939, con varios niños y poca fortuna. Veníamos con grandes deseos de conocer a los abuelos, tíos, primos, cuyas imágenes y nombres mi padre había mantenido vivos en —para mí— fantásticas historias. A la luz de la lámpara de gasolina escuchábamos en la alejada hacienda piurana de Parihuanás sus relatos sobre nuestros choznos, bisabuelos y abuelos en varios lugares del sur del Perú y el norte de Chile. Relatos sobre las más cercanas figuras de sus hermanas menores Alicia y Celia —las que se dibujaban en mi imaginación infantil como dos mujeres extraordinarias. La voz de mi padre se teñía de admiración y cariño al recordarlas. Pusimos por fin pie en el Callao, luego de tres días de viaje por mar desde Paita, Piura, en el barco «Reina del Pacífico». Mi madre viajaba con seis niños, el menor de dos años, y todos nos mareamos. Vino a recibirnos en el puerto, nuestra familia. Sentí para siempre una gran admiración por Alicia y Celia. No eran como otras personas: parecían unidas por un lazo especial de fuerza, una pasión que animándolas les concedía singularidad y belleza. Más tarde comprendí que esa pasión incluía su ideal político y su labor a favor de los indígenas del Perú. Viajaban constantemente por los pueblos de la costa y de las sierras reuniendo objetos de arte popular que más tarde conformaron su famosa colección de «Arte Popular Peruano».2

Alimentaban un agresivo amor al Perú, en defensa de lo nativo y por el reconocimiento de los artistas populares a quienes constantemente ayudaron. Fue natural que se conocieran con José María Arguedas cuando éste llegó a Lima. Alguien lo llevó a ese centro peruanista, indigenista, la «Peña Pancho Fierro» que ellas habían fundado (¿1938?) y que funcionaba en un rinconcito en la Plazuela San Agustín. Allí, artistas e intelectuales peruanos y extranjeros que visitaban Lima convergieron por más de veinte años conformando la vanguardia de la vida cultural peruana3. José María tuvo amores con la bella arequipeña Adelita Montesinos, con quien la vida me cruzó en mi adolescencia inquieta y ella me cuenta la rivalidad que hubo entre ella y Celia por el amor de José María con quien ya se iba a casar. José María se enamora y casa con Celia en 1939 en una fecha que no recuerdo pero que sí dejó algunas imágenes en mi recuerdo4 .

Mis abuelos Josefina Vernal y Luza (nacida en Iquique) y Carlos Bustamante y Gandarillas, arequipeño, vivían en el segundo piso de una casa colonial en la calle Mariquitas 336, en el centro antiguo de Lima. Había más gente que de costumbre, los Bustamante y Moscoso estábamos de regreso en Lima y vivíamos en casa de los abuelos. La abuela estaba ciega desde hacía varios años, Celia era su última hija y la más querida. Ese día la abuela deseaba saber todo lo que estaba sucediendo a su rededor: cómo vestía Celita, qué hora era, quiénes iban y venían. Sabía que su hija emprendía viaje a la sierra luego de la ceremonia. Yo había aprendido a leer muy temprano y me había convertido en su «lectora y acompañante». Deseosa de comunicación, la abuela me confiaba largas historias de su niñez en Iquique y luego su vida de colegiala en Europa, recuerdos de un mundo que había desaparecido. Hablaba a un niño, quien confiamos que olvide. Celita se casaba, me decía, con un escritor que hablaba el quechua y que escribía mezclando el castellano y la lengua nativa. Un muchacho inteligente que había encontrado un puesto de maestro en un pueblo cerca del Cuzco, y que se llamaba Sicuani. Allí llevaría a mi tía Celia cuando se casaran. Lástima que no tenían dinero. Y dejaba resbalar algunas lágrimas en su oscuridad.

—Me llama ‘doña Josefina, la cieguita’; quisiera poderlo ver. Buen muchacho. Un escritor, lástima que van a trabajar tan lejos, pero así son los artistas...

Algo más la tenía triste:

—José no estará aquí. Se casarán por poder, ¿entiendes?

—No, abuela.

—Otra persona representará el novio. Además, no van a ir a la iglesia, ellos no creen en esas cosas.

Suspiraba, se secaba lágrimas de sus ojos vacíos, con su pañuelito con olor a lima que luego escondía en una de sus mangas. No recuerdo quién representó a José, tal vez Carlos Cueto Fernandini, aquel día, entre las maletas a medio cerrar, algunos parientes cercanos, poquísimos amigos. Celia se apuraba, vestida en un traje corto blanco, de dos piezas, tejido a palillos, se la veía muy linda. Alicia, emocionada y chaposa, ponía en orden la partida. Las dos entrañables hermanas se iban a separar por primera vez.

José María, Celia y Alicia formaron una tríada unida por sus ideales y trabajo. Su amiga Emilia Barcia la hizo entrar a Alicia a trabajar en un Jardín Escolar. Lo que Alicia como artista que era, hizo de aquellas actuaciones escolares con sus pequeños, era algo maravilloso de verse: el papel crepé en formas fantásticas, los brillantes colores, los chiquitos parecían duendes salidos de algún cuento mientras danzaban a la primavera en el parque Neptuno. Durante por lo menos un cuarto de siglo su casa fue también posada de los artistas populares que llegaban a la gran ciudad desde las alturas de los Andes. Sus coincidencias eran fecundas y la época de su más profunda búsqueda y producción se dio mientras estuvieron juntos. José escribía sobre un mundo que Alicia pintaba en sus cuadros y Celita hacia real en la naciente colección. Ella apoyó y alentó vivamente a su marido, el escritor serrano que se imponía en un medio tan clasista y superficial como tiende a ser la sociedad limeña. Mis tías conocían ese ambiente y lo desafiaron constantemente al precio de algunos pesares de los abuelos, que las aprobaban en silencio, y al de la censura de algunos parientes con resabios de aristócratas venidos a menos.

La tía y su escritor se fueron a su pueblo de la sierra. A veces llegaban cartas y fotos. Mucho campo, sol, trigo, música: la esencia misma de lo que a ellos les gustaba. Viajaban a otros pueblos, su amigo Emilio Adolfo Westphalen se les sumó en un viaje, con Celia y José enlazados bajo el sol, una fotografía los fijó felices a todos en traje de baño. Tiempo después volvió de visita «la pareja» como los llamaba mi abuela. Entonces conocí a José María. Era un hombre muy sencillo, modesto, dulce. Reconocí en él a los amigos de provincia en las sierras donde habíamos crecido. Su aire infantil nos invitaba al juego, a los cuentos. Resultó ser muy preguntón: quería saber de nuestras historias, lo que habíamos conocido, escuchado, aprendido, comido, jugado; lo que los indios de esos pueblos nos contaban en las tardes.

Recordé el sabor de estas divertidas conversaciones, varios años después cuando tuve en mis manos Canciones y cuentos del pueblo quechua (1947), colección de tradiciones, mitos y leyendas que recogió de las colegialas del colegio donde yo estudiaba y en otros planteles del país. Celia y José se instalaron en casa de mis abuelos. Trabajaban mucho y no se podía jugar siempre con él. Su cuarto era un lugar fantástico para mí. Colmado de objetos de arte popular peruano y mexicano, de alforjas, chullos, quenas, llicllas, un charango, una guitarra, papeles, una máquina de escribir vieja y ruidosa en la que mi tía Celia tecleaba. Era una mezcla de taller y «cuarto donde se vive». José escribía a mano. Tenía lisiada una mano, había escuchado que cuando niño José había tenido madrastra muy mala que lo maltrataba. Supuse que algo tendría que ver con esos dedos encogidos y me daba mucha pena.

José María conversaba mucho con mi abuela en la penumbra del comedor; yo los observaba a través de la mampara, en alguna tarde opaca de invierno limeño que me apretaba el corazón con algo parecido al miedo. Desde mi sillita de mimbre veía que estaban juntos a la cabecera de la mesa, como si él estuviera dando quejas de sus penurias de niño. La abuela sacudía la cabeza, le hacía preguntas, le tanteaba la mano.

Cuando él estaba trabajando, no debíamos entrar a su cuarto. A veces nos llamaban a saludar a algún amigo que querían nos conocieran, a algún pariente, rápidamente. Así conocí a Alliocha, hijo de sus amigos Ortiz Rescaniere. Le tenían especial predilección: era un chiquillo inquieto, vivaz. A él se referiría José María en su carta de despedida al Rector de la Universidad Agraria: Alejandro Ortiz, su discípulo muy querido. Una tarde llegó a buscarlos un joven flaco, alto y narigón. Con las manos en los bolsillos del gabán, aire apurado y una sonrisa simpática. Era Sebastián Salazar Bondy que había retornado de Buenos Aires, luego de su divorcio de una actriz argentina. Ingresó al grupo de sus amigos de la Peña. No hubiera imaginado que mi hermana Alicia casaría más tarde con su primo hermano; este noviazgo nos acercó como familia en mis años de vida literaria en Lima, y sin darme cuenta interferí en sus amores con mi hermana menor, Marcela. (Luego de haber compartido lindos tiempos en la Lima criolla de entonces, nos distanciamos. Siendo un intelectual cada vez más influyente en la cultura peruana de entonces, su enemistad fue uno de los obstáculos más grandes en mi carrera, porque diremos que heredé la de sus solidarios discípulos que Lima llamaba «las viudas de Salazar Bondy».)

Otra vez, en el mes de octubre, en la casa de los abuelos arreglaron los balcones de la casa para que llegaran sus amigos toreros a ver pasar la procesión del Señor de los Milagros, a echarle flores deshojadas mientras subía el incienso al ritmo de la música. Manolete entre ellos, lo mismo Dominguín y algunos otros señoritos toreros que hacían tientas en la hacienda Huando donde vivía mi tía Rebeca de Simpson.. Tuvieron luego, una casita de playa en el puerto de Supe, al norte de Lima. Era entonces un puerto quieto y hermoso, sin fábricas de harina de pescado. Allí invitaron año tras año a sus amigos de la Peña y después de la temporada comentaban con mi abuela los amoríos y acontecimientos del verano: los de Blanca Varela con Gody Szyszlo , o Sebastián. Los de mi exótica y seductora prima Nita, que era su favorita. Visité una vez esa casa o rancho, cuando aún no estaba terminada de construir, algunos cuartos sin techo, un patio mirando hacia el mar, macetas por todos lados, conchas incrustadas en las paredes de los baños. Y cuadros de pintores indigenistas en las paredes del comedor. Pasaron en Supe con sus amigos pintores, poetas y músicos, inolvidables veranos.

«Ella (Celia), su hermana Alicia y los amigos comunes, me abrieron las puertas de la ciudad de Lima, me hicieron más fácil mi no tan profundo ingreso a ella y, con mi padre y los libros, el mejor entendimiento del castellano, la mitad del mundo. Y también con Celia y Alicia empezamos a quebrantar la muralla que cerraba Lima y la costa —la mente de los criollos todopoderosos, colonos de una mezcla bastante indefinible de España, Francia y los Estados Unidos y de los colonos de sus colonos...» 5
Otro día mi abuela mencionó que José estaba terminando un libro, y que no había que entrar a su cuarto, ni tocar algún papel.

—Va a publicar un libro nuevo. Tu tía Alicia ha hecho los dibujos, las viñetas se debe decir.

Sí, ya lo sabía. Había visto a Alicia ante su caballete. Me gustaba verla pintar, pero la importunaba haciéndole muchas preguntas que no sabía indiscretas. Como por qué todos eran tan amables con los primos ricos. Otra de ellas, la irritó tanto que me dio con la paleta en la cabeza, salí disparada y resentida. Así que no le conté a mi abuela cómo eran sus nuevos dibujos y menos sobre los cuadros que estaba pintando. Por lo general, le leía las notas sobre las exposiciones, también lo publicado respecto a José María. No entendía yo gran cosa pero reconocía algún nombre, mi abuelita disfrutaba mucho y se llenaba de orgullo:

—Lee eso de nuevo, cómo dice... ¿excepcional, auténtico?

Poco después apareció Yawar Fiesta. El día que llegaron algunos paquetes, no se podía ni caminar. Algunos amigos, mis otros tíos y tías, mis primos, todo era un alborozo. La abuela me llamó más tarde después del lonche, como siempre, para que le hiciera conversación. A la cabecera de la enorme mesa, esta vez me di cuenta que no iba a escuchar la radio.

—Ven, Yola, léeme ahora el libro de José. Dime bien cómo son las viñetas.

Y sacó de su regazo un ejemplar nuevecito, se trataba de un libro de muchas páginas que le describí minuciosamente, el pie de imprenta, todo. Mi abuela que había crecido en Europa, regresó al Perú a los 26 años para casarse con el señor Bustamante, de Arequipa. Ella hablaba cinco idiomas, pero prefería el alemán: sabía de memoria poemas de Goethe, Schiller. Al leerle Yawar Fiesta nos deteníamos en las palabras quechuas.

—Parece alemán. ¿Le gustará a la gente el uso del quechua en un libro?

«¿Qué soy? Un hombre civilizado que no ha dejado de ser, en la médula, un indígena del Perú; indígena, no indio. Y así he caminado por las calles de París y Roma, de Berlín y Buenos Aires...»
Cuando terminábamos de cenar en la larga mesa presidida por mi abuela y a la cual se sentaban mis tres tíos, los siete nietos de entonces y mis padres, mis tíos elegían algunas noches a un par de nosotros para ir con ellos al Correo Central en la Plaza de Armas a depositar sus cartas. Nos llevaban de la mano en la niebla de Lima, a veces bajo la garúa. Lima no era todavía una gran ciudad despersonalizada. Tenía un discreto sabor colonial, con sus balcones coloniales que se veían en la noche como cajitas de encaje dibujadas por la luz interior. Ellos comentaban a veces la última reunión en la Peña, su trabajo. Aunque no captaba sus conversaciones mayormente, sentía que los tres poseían algo que me hacía verlos diferentes.

Otras noches, José nos iba hablando en quechua, haciéndonos recordar lo que habíamos aprendido en nuestras vacaciones en Huariaca, el pequeño pueblo en la zona minera donde mi padre se había establecido para vender madera a las minas. Nos enseñaba algunas frases que cuando las estrenábamos con nuestros amigos del pueblo, resultaban ser chistes colorados o palabrotas. Algunas hasta ahora las uso. Mis tíos viajaron también a México y luego hablaban mucho de ese país. Tuvieron gran amistad con el revolucionario mexicano Moisés Sáenz. Una fotografía suya estaba en lugar preferente, al lado del caballete de mi tía Alicia. Décadas después, me crucé en Estados Unidos en alguna reunión cultural, con una sobrina de Sáenz quien me habló queriendo confirmar detalles de aquella relación amorosa. Los tíos hablaban del arte popular peruano y mexicano, amenazado de ser destruido por el turismo, la pobreza y el abuso contra los indios. Cuando se ponían a trabajar, estaban a una gran distancia en un mundo que yo admiraba y que los hacía vivir como sólo ellos eran.

Alegres, jóvenes, apasionados. Todo lo que los rodeaba adquiría un acento de belleza y plasticidad. Sus ropas, sus cosas, la disposición de los muebles, sus souvenirs, algunas plantas, los gatos, sin los que José no podía estar. Los veo aún: José rasgueando su charango en el ocio de una tarde feliz, cantando suavemente huaynos que me eran familiares; o, sino también el estentóreo «Wifalalaaaa! Wifalalaaaaa!». De vez en cuando se lanzaba a bailar. José era como un niño más en la casa. Lo admirábamos en parte porque mi abuela nos había enseñado a respetar el talento, la inteligencia. Cuando nació mi hermana Nora, mi madre le pidió que la llevara a la pila del bautismo. A José le agradó mucho eso de ser padrino.

«Desde 1943 me han visto muchos médicos peruanos... y antes padecí mucho con los insomnios y decaimientos...»6
Después que terminé mi secundaria, veía poco a José María. Alguna vez me buscó en el diario La Crónica donde trabajaba y me pidió mis poemas; José Flores Araoz me había publicado en la revista Cultura Peruana y le dio curiosidad, así que le llevé un folletito a su oficina del Museo. Estaba nervioso, distinto, tenso. Viajaba mucho, se había vuelto famoso, y se había mudado varias veces huyendo de los ruidos que lo perturbaban fácilmente, los ladridos de los perros, las peleas de los gatos, las estridencias de los vecinos, el ruido callejero. Algo se derrumbaba sutilmente entre ellos y el amor pereció en este caos. Se separaron en 1964, habían compartido la vida más de veinte años; ella no lo había acompañado en sus viajes, él iba con frecuencia a Chile por atención psiquiátrica.

Toda mi numerosa y conservadora familia no pudo comprender nunca por qué José dejó a Celia y menos, que hubieran resuelto comunicarse hasta el final. Mi abuela sí lo hubiera entendido.

Pero ya no estaba viva entonces. Disintiendo con la política familiar, yo iba a buscarlo a veces en la Galería de Arte donde trabajaba su nueva mujer, la chilena Sibila Arredondo. Una vez estuvimos tomando café en el «Viena» con Ángel Rama, al lado de la Galería. Yo planeaba salir del Perú, ya estaba casada y tenía tres hijos pero quería viajar, de eso hablamos, como al ir a México había decidido volver. Me dio nombre de algunos amigos, lo mismo Ángel a quien no volví a ver sino en Austin en un Congreso. También se quejó de su salud, José estaba muy tenso era verdad, era fines el año 1968. Fuimos a la Galería porque me dijo que quería conociera a Sibila: era una mujer joven, ojos de expresión profunda, vivaz, con un velo cálido en la mirada. Me quedé sorprendida, se parecía en algo a mi tía Celia.

Alicia y Celia continuaron viviendo juntas. Alicia sufría un enfermedad que la inhabilitó físicamente, hoy creo que fue el mal Lou Gherig. Trabajó hasta cuando pudo en el Museo y Luis Valcárcel al ver las dificultades que tenía para movilizarse, le cedió su Despacho de director en el primer piso. Murió en brazos de Celia el 27 de Diciembre de 1968. Recordándola, José María escribió en el diario El Comercio el que sería uno de sus últimos artículos:

«Alicia Bustamante Vernal formaba parte de la élite artística limeña, teóricamente convencida del ilimitado destino que ofrece el arte y la cultura peruana, el arte llamado indígena... en sus apasionados viajes por los pueblos serranos llegó a cumplir una función inestimable... llegó a ser solamente lo que tantas veces se ha dicho de ella: que fue quien ofreció a Lima por primera vez una exposición de arte popular peruano (1939), por primera vez alcanzó la hazaña de exponer el arte tradicional peruano en las capitales europeas (1959), todo esto sin haber tenido nunca fortuna personal; pero aún así no fue ésta la mejor obra de Alicia Bustamante. Igualmente importante fue que ella se convirtiera en un puente vivo entre los dos mundos culturales aún hoy muy separados y que estaban mucho más cuando ella salió s los pueblos a recopilar el arte indígena. Transida por las luces y los amores a la obra de todos los artífices indios y mestizos a quienes ella se acercó, pudo a su vez mostrar a esos artífices el cambio que estaba operándose en el otro universo social del país. Ella, Alicia, tenía la facha, el rostro típicos de los menospreciadores que formaban la casta de los dominadores, pero Alicia era distinta. A pesar de no hablar quechua ella se ganaba en instantes... la confianza y el afecto de los alfareros, tejedores, imagineros... convencía de que no todos los «mistis», no todos los «blancos» eran sordos y como hechos de otros materiales misteriosamente impenetrables y odiosos... Sin duda le debe mucho a Alicia Bustamante la difusión del arte popular y lo que este hecho representa para la cultura peruana... nadie duda que a nadie le debe más el país que a ella.»
José María se suicidó finalmente y murió el 2 de diciembre de 1969. Mandó llamar a Celia en su lecho de muerte, a su amigo Carlos Cueto le tuvo al lado. Y muchas personas habían, mis tíos habían sido del Partido Comunista, y se percibió en estos dos grupos los divisionismos de la izquierda de entonces. Unos demostraban simpatía y apoyo a Celia, otros a Sibila. Su entierro fue un acto político, no había dinero suficiente para su tumba, Alicia Maguiña inició una colecta. No tuvo hijos. Celia lo sobrevivió hasta 1973, murió trágicamente el 25 de agosto de ese año. Camino a Supe. En un artículo en El Comercio, firmado con las iniciales H.B.G. el 14 de septiembre del mismo año, se dice de ella: «El país ha perdido a una mujer excepcional que dedicó su vida a las más altas manifestaciones del espíritu. Se reafirmó en su condición de infatigable promotora del arte popular... hasta el último instante de su vida, Celia, como antes su hermana Alicia, estuvo dedicada a la colección, cuidado e incremento de la «Colección de Arte Popular Peruano».

Terminaron así, separados y víctimas al final de un medio tan inclemente como es el Perú para con sus creadores. José María y Celia no dejaron hijos. Alicia no se casó, irritó sí algunos convencionalismos limeños. Dejaron muchos libros, algunos cuadros, su magnífica colección de arte popular. Todo fue disgregado lamentablemente por la propia familia. Sin embargo, tenía yo el propósito de tratar de reunir sus documentos y tener en la Universidad de Texas en Austin un Centro de Documentación y Archivo José María Arguedas, lo que no se pudo hacer. José Miguel Oviedo, que andaba de visita entonces por Austin, me dijo al descuido: «Olvídate... es una tarea imposible... si parece que nunca hubieran existido...»

Pero conforme pasan los años, parece que se los escuchara cantar cada vez más fuerte con el maestro Oblitas de Los ríos profundos:

Aún estoy vivo,
El halcón te hablará de mí,
La estrellas de los cielos te hablará de mí,
He de regresar todavía,
Todavía he de volver.

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1. Entrevista con Tomás Escajadillo, en Juan Larco, ed., Recopilación de textos sobre José María Arguedas, La Habana, Casa de las Américas, 1976.
2. Donada en vida de ambas hermanas a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima y al pueblo de Cuba. Celia viajó a Cuba con ese fin en 1971. La confunden conmigo en el Aeropuerto de Barajas y me despiden de mi trabajo en el Consulado de EE.UU. en Barcelona. Cuando se encontraba dedicada a entregar la otra parte de la colección a la UNMSM, muere en un accidente el 25 de Agosto de 1973 en el pueblo de Barranca, lo que no se descubrió hasta varias semanas después. Su labor quedó inconclusa.
3. La escritora puertorriqueña Concha Meléndez dice en un recuento de su viaje al Perú: «La Peña Pancho Fierro es un sitio de reunión de las gentes de letras y arte de Lima... Dirigen la Peña dos muchachas jóvenes, inteligentes, limeñas en la gracia y en el tipo: Alicia y Celia Bustamante. Mirándolas reír, conversar... recordaba las observaciones de Radiguez (sobre las limeñas), José Sabogal pintó el retrato de las dos hermanas en grupo. Me presentaron a Xavier Abril, Emilio Adolfo Westphalen, Enrique Peña Barrenechea, Jose Hernández, Alberto Tauro, Orestes Plath, Martín Adan, César Moro, José María Arguedas, el cuentista de «Agua...» Entrada al Perú, La Habana, 1941, pp. 48-50.
4. La partida de matrimonio y unos pocos documentos de los tres, los doné a la «Nattie Lee Benson Collection» de la Universidad de Texas en Austin.
5. Carta a Gonzalo Losada, Revista Oiga, Lima, No. 353, 1969,pp. 17-18.
6. Carta a Sibila Arredondo, Revista Visión del Perú. Lima, 1970. No. 5, pp. 28-29
© Cecilia Bustamante, 1999, Bustam824@aol.com
Ciberayllu

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