viernes, 15 de enero de 2010

TRADICIONES DE RICARDO PALMA

* TRADICIONES PERUANAS:

AL RINCON QUITA CALZON
EL CLARIN DE CANTERAC
LA ULTIMA FRASE DE BOLIVAR
HISTORIA DE UN CAÑONCITO
LOS MOSQUITOS DE SANTA ROSA



* TRADICIONES EN SALSA VERDE:

LA PINGA DEL LIBERTADOR
LA COSA DE LA MUJER
EL LECHERO DEL CONVENTO
ARROZ CON PATO
LA CENA DEL CAPITAN


AL RINCON QUITA CALZON- TRADICIONES PERUANASEl obispo Chávez de la Rosa era rector de un convento en Arequipa. Un día tubo que suplir a un maestro ausente y se dedico a recordar algo de latín con los alumnos; propuso una pregunta: ¡quid est oratio!, pero ningún alumno le supo contestar. Molesto el cura ordenó a cada uno que vaya ¡Al Rincón Quita Calzón!

Así ocurrió hasta que le pregunto al más pequeño de la clase. El niño se burló del cura demorando una respuesta que no sabia.

El cura iracundo le ordeno también AL RINCÓN QUITA CALZÓN, pero como el niño se retiraba refunfuñando algo entre dientes, el sacerdote insistió por el que murmuraba.

Entonces el niño le propuso una interrogante al maestro: ¿Cuantas Veces Se Repite En La Misa El Dominues Vubis Cum? Y por mas que el cura trató de recordar no pudo hacerlo; entonces el niño también lo envió a el ¡al rincón quita calzón! La burla de los estudiantes fue total.

EL CLARIN DE CANTERAC DE TRADICIONES PERUANAS DE RICARDO PALMA

Recio batallar el de la caballería patriota y realista en Junín.

Un solo pistoletazo (que en Junín no se gasto más pólvora) y media hora de esgrima y sable. Combate de centauros más que de hombres.
Canterac, seguido de su clarín de órdenes, recorría el campo, y el clarín tocaba incesantemente a degüello.

Ese clarín parecía tener el don de la ubicuidad. Se le oía resonar en todas partes; era como la simbólica trompeta del juicio final. "A la izquierda, a la derecha, en el centro, a la retaguardia, siempre el clarín. Mientras el resonara no era posible la victoria. El clarín español, él solo, mantenía indeciso el éxito". (Capella Toledo).
Necochea y Miller enviaron algunas unidades en direcciones diversas, sin más encargo que hacer enmudecer ese maldecido clarín.

Empeño inútil. El fatídico clarín resonaba sin descanso, y sus ecos eran cada vez más siniestros para la caballería patriota, en cuyas filas empezaba a cundir el desorden.
Necochea, acribillado de heridas, caía del caballo diciendo al capitán Herrán:
-Capitán, déjeme morir, pero acalle antes ese clarín.
Y la caballería realista ganaba terreno, y un sargento, Soto (limeño, que murió en 1882 en la clase de comandante) tomaba prisionero a Necochea, poniéndolo a la grupa de su corcel.

Puede escribirse que la derrota estaba consumada. El Sol de los Incas se eclipsaba y la estrella de Bolívar palidecía.
De pronto cesó de oírse el atronador, el mágico clarín. ¿Qué había pasado?

Un escuadrón peruano de reciente formación, recluta, digámoslo así, al que por su impericia había dejado el general relegado, carga bizarramente por un flanco y por retaguardia a los engreídos vencedores y el combate se restablece. Los derrotados se rehacen y vuelven con brío sobre los escuadrones españoles.
El general Necochea se reincorpora.
-¡Victoria por la patria! - dice al pelotón de soldados realistas que lo conducía prisionero.

-¡Victoria por el rey! - contesta el sargento Soto.
-¡No¡ - insiste el bravo argentino -. Ya no se oye el clarín de Canterac, están ustedes derrotados.
Y así era, en efecto. La tornadiza victoria se declaraba por el Perú y Necochea era rescatado.

-¡Vivan los húsares de Colombia! - gritaba un jefe aproximándose a Bolívar.
-¡La pin. pinela! - contestó el libertador, que había presenciado los incidentes todos del combate - ¡Vivan los húsares del Perú!
-El capitán Herrán había logrado tomar prisionero al infatigable clarín de Canterac, y en el mismo campo de batalla lo presentaba rendido al general Necochea. Éste, irritado aún con el recuerdo de lasx recientes peripecias o exasperado por el dolor de las heridas dijo lacónicamente:

-Que lo fusilen.
-General. - observó Herrán interrumpiéndolo.
-O que se meta fraile - añadió Necochea, como completando la frase.
-Mi general, me haré fraile - contestó precipitadamente el prisionero.
-¿Me empeñas tu palabra? - insistió Necochea.
-La empeño, me general.

-Pues estás en libertad. Haz de tu capa un sayo.
Terminada la guerra de independencia, el clarín de Canterac vistió en Bogotá el hábito de fraile, en el convento de San Diego.
La Historia lo conoce con el nombre de el padre Tena.

El cura no tubo más remedio que perdonar a todos el castigo propuesto y se retiro completamente avergonzado.

Tiempo después el cura retorno a su natal España y se llevo al pequeño travieso como pupilo, aya lo educo esmeradamente para que años después retornara al Perú convertido en un intelectual erudito: don Francisco Javier de Luna Pizarro, presidente de la primera asamblea constituyente del Perú

LA ULTIMA FRASE DE BOLIVAR - TRADICIONES PERUANAS-
La escena pasa en la hacienda San Pedro Alejandrino, y en una tarde de diciembre del año 1830.
En el espacioso corredor de la casa, y sentado en un sillón de baqueta, veíase a un hombre demacrado, a quien una tos cavernosa y tenaz convulsionaba de hora en hora. El médico, un sabio europeo, le propinaba una poción calmante, y dos viejos militares, que silenciosos y tristes paseaban en el salón, acudían solícitos al corredor.
-
Más que de un enfermo se trataba ya de un moribundo, pero de un moribundo de inmortal renombre.
Pasado un fuerte acceso, el enfermo se sumergió en profunda meditación, y al cabo de algunos minutos dijo con voz muy débil:
- ¿Sabe usted, doctor, lo que me atormenta al sentirme ya próximo a la tumba?
- No, mi general.
-
- La idea de que tal vez haya edificado sobre arena movediza y arado en el mar.
Y un suspiro brotó de los más íntimo de su alma y volvió a hundirse en su meditación.
Transcurrido gran rato, una sonrisa tristísima se dibujó en su rostro y dijo pausadamente:
- ¿No sospecha usted, doctor, quiénes han sido los tres más insignes majaderos del mundo?
- Ciertamente que no, mi general.
-
- Acérquese usted, doctor., se lo diré al oído. Los tres grandísimos majaderos hemos sido Jesucristo, Don Quijote y. yo.

HISTORIA DE UN CAÑONCITO - TRADICIONES PERUANAS
Según Palma no a habido peruano que conociera bien su tierra y a los hombres de su tierra como don Ramón Castilla. Para él la empleomanía era la tentación irresistible y el móvil de todas las acciones de los hijos de la patria.

Estaba don Ramón en su primera época de gobierno, y era el día de su cumpleaños (31 de agosto de 1849). Corporaciones y particulares acudieron al gran salón de palacio a felicitar al supremo mandatario. Se acercó un joven a su excelencia y le obsequió, en prenda de afecto, un dije para el reloj.

Era un microscópico cañoncito de oro montado sobre una cureñita de filigrana de plata: un trabajo primoroso, en fin, una obra de hadas.

El presidente agradeció, cortando las frases de la manera peculiar muy propia de él. Pidió a uno de sus edecanes que pusiera el dije sobre la consola de su gabinete. Don Ramón se negaba a tomar el dije en sus manos por que afirmaba que el cañoncito estaba cargado y no era conveniente jugar con armas peligrosas.


TRADICION LOS MOSQUITOS DE SANTA ROSA DE LIMA DE RICARDO PALMA

Cruel enemigo es el zancudo o mosquito de trompetilla, cuando se le viene en antojo revolotear en torno a nuestra almohada, haciendo imposible el sueño con su incansable musiquería. ¿Qué reposo para leer ni escribir tendrá un cristiano si en lo mejor de la lectura o cuando se halla absorbido por los conceptos que del cerebro traslada al papel, se siente interrumpido por el impertinente animalejo? No hay más que cerrar el libro y arrojar la pluma, y coger el plumerillo o abanico para ahuyentar al malcriado.

Creo que una nube de zancudos es capaz de acabar con la paciencia de un santo, aunque sea más cachazudo que Job y hacerlo renegar como un poseído.

Por eso mi paisana Santa Rosa, tan valiente para mortificarse y soportar dolores físicos, halló que tormento superior a sus fuerzas morales era el de sufrir, sin refunfuño, las picadas y la orquesta de los alados musiquines.

Y ahí va, a guisa de tradición, lo que sobre el tema tal refiere de los biógrafos de la santa limeña.

Sabido es que en la casa en que nació y murió la Rosa de Lima, hubo un espacioso huerto en el cual se edificó la santa una ermita u oratorio destinado al recogimiento y penitencia. Los pequeños pantanos que las aguas de regadío forman, son criaderos de miriadas de mosquitos y como la santa no podía pedir a su Divino Esposo que, en obsequio de ella, alterase las leyes de la naturaleza, optó por parlmentar con los mosquitos. Así decía:

– Cuando me vine para habitar esta ermita, hicimos pleito homenaje los mosquitos y yo, de que no los molestaría, y ellos de que no me picarían ni harían ruido.

Y el pacto se cumplió por ambas partes, como no se cumplen... ni los pactos politiqueros.

Aun cuando penetraban por la puerta y ventanilla de la ermita, los bullangueritos y lanceteros guardaban compostura hasta que con el alba, al levantarse la santa, les decía:
– ¡Ea, amiguitos, id a alabar a Dios!

Y empezaba un concierto de trompetillas, que sólo terminaba cuando Rosa les decía:
– Ya está bien, amiguitos: ahora vayan a buscar su alimento.

Y los obedientes sucsorios se esparcían por el huerto.

Ya al anochecer los convocaba, diciéndoles:

– Bueno será, amiguitos, alabar conmigo al Señor que los ha sustentado hoy.

Y repetíase el matinal concierto, hasta que la bienaventurada decía:

– A recogerse amigos, formalitos y sin hacer bulla.

Eso se llama buena educación, y no la que da mi mujer a nuestros nenes, que se le insubordinan y forman algazara cuando los manda a la cama.

No obstante, parece que alguna vez se olvidó la santa de dar orden de buen comportamiento a sus súbditos; porque habiendo ido a visitarla en la ermita una beata llamada Catalina, los mosquitos se cebaron en ella. La Catalina, que no aguantaba pulgas, dio una manotada y aplastó un mosquito.

– ¿Qué haces hermana? –dijo la santa–, ¿Mis copañeros me matas de esa manera?

– Enemigos mortales que no compañeros, dijera yo –replicó la beata. ¡Mira éste cómo se había cebado en mi sangre, y lo gordo que se había puesto!

– Déjalos vivir hermana: no me mates a ninguno de estos probrecitos, que te ofrezco no volverán a picarte, sino que tendrán contigo la misma paz que conmigo tienen.

Y ello fue que, en lo sucesivo, no hubo zancudo que se le atreviera a Catalina.

También la santa en una ocasión tuvo que valerse de sus amiguitos para castigar los remilgos de Francisquita Montoya, beata de la Orden Tercera, que se resistía a acercarse a la ermita, por miedo de que la picasen los jenjenes.

– Pues tres te han de picar ahora –le dijo Rosa–, uno en el nombre del Padre, otro en el nombre del Hijo y otro en nombre del Espíritu Santo.

Y simultáneamente sintió la Montoya en el rostro el aguijón de los tres mosquitos.

Y comprobado el dominio que tenía Rosa sobre los bichos y animales domésticos; refiere el cronista Meléndez que la madre de nuestra santa criaba con mucho mimo un gallito que, por lo extraño y hermoso de la pluma, era la delicia de la casa. Enfermó el animal y postrose de manera que la dueña dijo:

– Si no mejora, habrá que matarlo para comerlo guisado.

Entonces Rosa cogió el ave enferma y acariciándola dijo:

– Pollito mío, canta de prisa, pues si no cantas, te guisa.

Y el pollito sacudió las alas, encrespó las plumas y muy regocijado soltó un

¡Quiquiriquí!
(¡Qué buen escape el que dí!)
¡Quiquiricuando!
(Ya voy, que me están peinando).

DE:

TRADICIONES PERUANAS (RICARDO PALMA).









Los días transcurrieron y el cañoncito permanecía sobre la consola, siendo objeto de conversación y curiosidad para los amigos del presidente, quien no se cansaba de repetir: “¡Eh! Caballeros hacerse a un lado…, o hay que tocarlo… el cañoncito apunta…, no se si la puntería es alta o baja…, no hay que arriesgarse,…, retírense… no respondo de averías. Y tales eran las advertencias de don Ramón, que los palaciegos llegaron a persuadirse de que el cañoncito sería algo más peligroso que una bomba o un torpedo.

Al cabo de un mes el cañoncito desapareció de la consola, para formar parte de los dijes que adornaban la cadena del reloj de su excelencia, por la noche dijo el presidente a sus tertulios: ¡Eh! Señores… ya hizo fuego el cañoncito…, puntería b aja… poca pólvora… proyectil diminuto… ya no hay peligro… examínenlo.

Lo que había sabido es que el artificio del regalo aspiraba a una modesta plaza de inspector en el resguardo de la aduana del Callao, y que don Ramón acababa de acordarle el empleo.

La tradición finaliza con una moraleja en la que Palma manifiesta que los regalos que los chicos hacen a los grandes son, casi siempre, como el cañoncito de don Ramón. Traen entripado y puntería fija. Día menos, día más. ¡Pum!, lanza el proyectil.

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