sábado, 23 de enero de 2010

Ha muerto Arguedas

De Entre el amor y la furia, Lima 1997.
Maruja Martínez



Fragmento de Entre el amor y la furia. Crónicas y testimonio, SUR, Lima, 1997.

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Diciembre de 1969. José María Arguedas ha muerto. Hace muchos años leí El sueño del pongo y quedé estremecida. Y hace poco Los ríos profundos: me emocioné al conocer la semejanza entre mi nostalgia y la del niño aquel frente a un mundo desconocido. El libro me gustó muchísimo, aunque sentía que había demasiada tristeza. También recuerdo el reciente escándalo en el IEP, cuando prácticamente le dijeron que no sabía nada, que no era un científico social. Era profesor de los camaradas de La Molina y, aunque nunca lo conocí personalmente, sentía a través de ellos que también era mi maestro.

La directiva del Comité Regional fue que todo el Partido asista al entierro. Llego un poco tarde, y recién alcanzo el cortejo en la avenida Abancay. Hay muchísima gente. Estoy impresionada. Pero no es un cortejo común. Casi nadie viste luto y más bien muchos ojos brillan con una mirada que combina la pena con la rabia. La Internacional se turna con el violín de Máximo Damián. Y rápidamente me contagio de la triste emoción que inunda a los asistentes. Camino al cementerio, en los Barrios Altos, pasamos por el Cuartel Barbones. Desafiantes, entonamos el coro de la Internacional con el puño en alto. Nadie sabe la letra de las estrofas, salvo Valentín, un camarada de origen trotskista, cuya voz solitaria se eleva en el silencio. Nunca había escuchado este himno completo. No más salvadores supremos/ ni Cristo, ni burgués, ni Dios/ que nosotros mismos haremos/ nuestra propia redención. Me pregunto qué pensaría Arguedas de versos como este, mientras —con los demás— tomo aire para cantar a todo pulmón el hermoso estribillo: ¡Agrupémonos todos/ en la lucha final/ y se alcen los pueblos/ por la Internacional...!

Banderas rojas, violines, danzantes de tijeras, charangos, la Internacional y tristes melodías andinas, algunos versos en quechua. La mayor parte somos jóvenes universitarios. También hay alguna gente madura, supongo que intelectuales. Algunos obreros. Mucha gente de la sierra, migrantes con miradas oscuras y tristes. Se parecen a los personajes de sus novelas. Rabia e impotencia porque nada hará volver al amigo perdido.

Llegamos al cementerio. Dicen que Arguedas pidió que si había discursos, que fueran sus estudiantes, sus amigos. El flaco «Manzana», presidente de la Federación de Estudiantes de la Agraria, será el encargado de despedir a su maestro. Pero no entiendo bien lo que dice, pues las lágrimas no le permiten vocalizar. Muchos estamos llorando. Y puedo ver a Chepo, el bravo agitador molinero, a «Ojos», al «Cabezón» y a otros camaradas dirigentes estudiantiles y del partido, derramar las más hermosas lágrimas que uno se pueda imaginar.

Al momento en que el féretro es introducido en el nicho, por encima del pabellón surge la figura de un indio vestido de fiesta; la miopía no me permite verlo bien, pues estoy bastante lejos. Pero escucho sus gritos en quechua. Las arengas y las despedidas militantes cesan súbitamente, respetuosas, ante este triste clamor y lo que —pese a no entenderlo— siento como una despedida sin esperanzas. Con los ojos hacia arriba, en silencio, sentimos que Arguedas es más nuestro, más peruano también. Me siento orgullosa de haber nacido en Jauja, de los llanques y la chuspa que ahora uso. En medio de la tristeza, otra emoción nueva...

Al salir del cementerio, estamos más motivados. Hay que seguir luchando. «¡Abajo la Ley Universitaria!, ¡Abajo la ley gorila!» comienzan a gritar algunos camaradas, todavía con los ojos húmedos. Y decenas de nosotros apresuramos los pasos del cementerio y subimos rápidamente a los omnibuses de ruta. Vicky, la compañera del «Indio», abre su cartera y allí comienzan a caer libretitas de apuntes, agendas, papelitos, direcciones, algunos libros. Bajamos en la avenida Abancay y cuando ya somos unos doscientos iniciamos una marcha. Sentimos que es nuestro mejor homenaje, el más sincero. Dicen que Arguedas admiraba esta fuerza que él no tenía. Que fue una de las razones de su suicidio. Y sentimos que nuestra fuerza es también suya. Y levantamos la voz. Y queremos merecer ese pedazo de Perú que nos ha hecho conocer y amar...

La UNI no sólo ha sido allanada, sino que ha sufrido un receso. Y se inicia una gran huelga de hambre. Los compañeros de San Fernando prestan el local. Y los de la Católica nos turnamos para atender a los huelguistas. No es un trabajo fácil, pues aparte de alcanzarles agua y abrigo, hay que vigilar que no se infiltre la policía, despistar a los familiares, y servir de intermediarios. Cuando llega el menudo presidente de la FUSM, se ve abrumado por quejas de sus camaradas: Quieren encender el televisor, camarada. Han faltado el respeto al Presidente Mao... No sé cómo tienen cara de quejarse. Los otros compañeros estaban hartos de escuchar la cantaleta de las citas del Libro Rojo. Más bien querían poner música revolucionaria o ver las noticias en la televisión. Y lo cierto es que unos y otros se pasaron la noche discutiendo y no durmieron nada. Qué le vamos a hacer, me tocó un día en que todo el mundo está de mal humor.

Pero no tuvimos tiempo de nada. Viene la policía, ya saben que están aquí, nos avisan. Así que decidimos llevarnos a los huelguistas a la Facultad. No se atreverán a entrar a la Católica, creemos firmemente. Muy rápido hemos organizado un operativo, conseguido autos y partido raudamente. Todo salió bien. Llegamos al fundo Pando, pero los ánimos se terminaron de caldear con la tensión por la cercanía de la represión. No obstante, logramos trasladar a los huelguistas. Pero en la noche uno de ellos insiste en dormir en el jardín porque no se le dejaba recitar las citas de Mao. Y amanece casi con una neumonía. Nos vemos obligados a llamar de urgencia a Tito, que es el Secretario General del Centro de Estudiantes de Medicina. Hay que evacuarlo, dice, necesita un tratamiento. Pero el compañero se pone terco como una mula. Y tenemos que ponernos violentos.

Finalmente, la policía los encuentra y se los lleva primero a Lurigancho y después al Hospital de Policía. De ahí recibimos un mensaje escrito en papel higiénico: «Estamos bien, y seguiremos hasta el final. ¡Abajo la dictadura militar!». Tenemos que ir a verlos, entraremos al hospital como sea, dice Javier. Tito consigue varios guardapolvos blancos. Nos metemos en el auto de Camsi, que logra convencer a los policías que custodiaban la puerta de que es hija de un general. Pero no logramos llegar hasta la sala donde estaban porque la vigilancia es extrema. Algunos empleados civiles nos dan una mano, y transcurridas algunas horas ya tenemos un informe completo sobre cuántos están allí. Y al salir informamos que todos están bien. Y que hemos logrado algunos medios para comunicarnos con ellos.

Mientras tanto, seguiremos en las movilizaciones. A San Marcos se ha sumado La Cantuta. En la manifestación de la Universidad de Puno hubo un muerto. La policía entró a la Universidad Agraria. Y hasta la Católica hizo un paro de solidaridad. La policía entró, golpeó al rector y a algunos profesores. Y el propio Velasco tuvo que ir a pedir disculpas.

Y una enorme huelga popular en Huanta y Ayacucho remece el país. Todo comenzó con una protesta de estudiantes secundarios. Y termina con una huelga general del departamento. Cuando se sabe que hay veinte muertos, al PC no se le ocurre otra cosa que decir que esto es trabajo de la CIA.

Pero nosotros sabemos que es nuestra lucha. Que es nuestro país. Que no aceptaremos esta ley universitaria, ni el recorte a la gratuidad de la enseñanza. Que queremos un país como el que soñó Arguedas: un país donde no haya sufrimiento, y donde todos puedan danzar con alegría...

© Maruja Martínez, 1999
Ciberayllu

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